jueves, 26 de noviembre de 2020

extracto de la novela "LAS HORTENSIAS"



-Ya le dije que era cosa vana. 

 -¿A quién? -A Clide. ¿A quién va ser? 

 -¿Pero ella no te hizo caso? 

 -Nunca hizo caso. Ni siquiera al primo, que de sociología sabía mucho y sin prurito, le dijo que no se 

metiera con la derecha. 

 -¿La derecha? 

 -Sí, mamá. 

 -¿Pero si Clide nunca milito en política? 

 -¡Mamá, Casares es de derecha, eso quise decir. 

 -¿Y ella que hizo? 

 -Como siempre que una le dice cosas que son para bien, nunca hizo caso. Ella está aguardando a que 

vuelva. Como si ella pudiera darse el lujo de ser una piedra a la que nunca le sobreviene el tiempo. 

 -Me parece que queres decir que es una tonta. 

 -Una tonta enamorada. ¿Por qué me haces tantas preguntas? 

 -Solo quiero saber cómo esta ella. ¡Ya sabes que a ella no le gusta que yo baje a hablar! 

 -Es lógico mamá que ella actué así. ¡Si nunca la cuidaste! 

 -Hija, eres demasiado joven para entender algunas cosas, o más bien inexperta. Yo a tu edad no andaba 

preguntando de esa manera a mi madre. ¡Ni se me hubiera ocurrido tal cosa! 

 -¡A mí no me importa lo que vos hacías en tu juventud! ¡El otro día hablaba con Juanchi, el hijo de la 

vecina, ¿Te acordas? ¿Sabes que me dijo? 

 -¡No tengo la menor idea! 

 -Que tendrían que haberlo matado en el momento justo, madre. 

 -¿Pero qué decís? 

 -Sí, digo la verdad de lo que pienso. Hubiera sido mejor haberlo matado al abuelo. Se hubieran evitado 

tantas muertes en vida, mamá. 

 Por la pared pintada de blanco paso el fantasma de la madre corriendo; era casi el atardecer cuando la hermana de Clide se recostó en la silla mecedora. Su madre estaba muerta, pero bajaba de vez en cuando a hablarles, sin embargo no se daba cuenta que tanto Clide como ella se encontraban muertas por dentro. Su madre era vieja, y aun deambulando entre la tierra y su espacio en el que moraba muerta, parecía que ella estaba perdida en su memoria.      


             RE-2018-50119354-APN-DNDA*MJ               

lunes, 9 de noviembre de 2020

extracto de la novela "Las Hortensias"



Clide Gutierrez, su prima, lo encontró sentado debajo del árbol de rosa china

como meditando no sabía que cosas, cabizbajo y con la mirada perdida en su

mundo de ilusiones o en su dialéctica marxista como bien le había dicho una

vez su tío Félix, el marido de su tía Hebe, que su nieto Martin estaba perdido

en la dialéctica marxista por juntarse con los melenudos barbados que idolatra-

ban al Che Guevara sin saber que aparte de ser médico era un ser que tenía

aficcion por la pistola usada justamente para liquidar a los enemigos de la dere-

cha. En eso sí, el Che demostraba estar bien de un solo lado, y no como otros

que estaban a favor de Dios y del Diablo, había dicho su tío en una de las últi-

mas reuniones en la que estaban todos los hijos y los nietos. Nadie había dicho

nada al respecto. Ni siquiera el hijo, el padre de Martin, que casi siempre solía

discutir de política con el tío Félix, pero casi siempre terminaban peleados por

varios días hasta que uno de los dos, quizás el más débil, terminaba dando el

brazo a torcer, que eso era decir mucho pues los vascos según su madre eran

las personas más tercas del mundo.

Esa había sido una tarde calurosa en la que habían comido peceto al horno y

ensaladas varias y habían terminado como a las dos de la tarde, cuando su pri-

mo Martin que no sabía si había tomado algo de cerveza sin que se dieran

cuenta los padres, puesto que no llegaba a tener los quince años cumplidos, la

había tratado mal y ella había tratado de alejarse teniendo un arranque de ira

dirigido contra ella. Estaba en lo cierto, Martin la tomó del brazo derecho y sin

mas trató de torcérselo mientras ella gritaba lo más fuerte que podía en una reunión

donde los comensales parecían no percatarse de ella. La madrina, su prima directa 

de sangre la rescató un poco tarde quizás, de la fuerza de bruto de su primo. Pero, 

para ella, esa acción, ese resguardarla había llegado demasiado tarde. Martin, 

en posición de líder acallado, la miro desde su metro sesenta con una furia de 

hielo. Después volvió a la mesa donde estaban los grandes y empezó a hablar 

a voz de cuello como tratando de sobresalir en la conversación general. “ No es 

necesario que te quedes ahí parada como una estatua, dijo su tío Félix. Al fin 

y al cabo, es más chico que vos, termino diciendo.

Hizo caso omiso a lo dicho por su tío Félix, y como era una tarde calurosa fue- 

como lo hacía siempre que no estaban los parientes, que solo se juntaban para 

festejar las fiestas de fin de año y de Navidad- hacia la hamaca como indicando

que no le importaba lo que le había dicho, y comenzó a hamacarse primero lento 

después más fuerte, con el pensamiento que hervía como un fuego, y su respiración 

se iba tornando más ruidosa y agitada a medida que la hamaca volaba más alto.

 Cuando sintió que era hora de bajarse de la hamaca estaba tan tranquila como una

 muñeca de porcelana, pero entonces su primo Martín viendo que ella se bajaba del 

columpio, dijo a vos de cuello: “Jesús es un invento del capitalismo” Fue festejado 

por las carcajadas generales de los grandes. Clide que sabía que era mejor no inte-

rrumpir el monologo interior de su primo Martin, pues en la niñez a pesar de que le 

llevaba más de cinco años, la violencia en su primo parecía depositarse en el cuerpo 

frágil de ella, que mucha fuer-za no tenía más que para pegar gritos agudos, los que 

lograban salvarla de las palizas que le gustaba dar a su primo. 

Este salió de su meditación y vio la figura endeble de su prima Clide, el cabello medio 

crespo castaño oscuro, la elegancia marchita que la caracterizaba como la más fina de 

la familia, que se asomaba detrás de los barrotes de la escalera que daba a su casa 

que por impotencia del padre de Clide, solo había logrado poder construir su techo 

arriba de la casa del abuelo de Martín, Félix, previo acuerdo de que le prestaba la 

plata con la idea de que se la devolviese algún día. 

Clide al darse cuenta de que era vista por su primo Martín, no se atrevió a acercarse 

sino que decidió que lo mejor era correr por la escalera como si alguien, quizás su 

hermana, la llamaba desde el pasillo. “Me voy, pensó rápido, que aquí desde que 

murió el tío Félix no me quiere nadie de los Irribarren”. Y corrió hacia las escaleras 

lo más rápido que le daban las piernas.                                 

viernes, 30 de octubre de 2020

extracto de la novela "LAS HORTENSIAS"

 







Cuando atardecía, cuando parecía que nadie la miraba se esforzaba por en-

contrar botellas de vidrio, las de gaseosa, las que tomaban los adolescentes

despreocupados por lo que la vida les deparaba. Como encogida iba caminan-

do para que las personas que la conocían pensaran que no era ella. Sintió que

olía a alcohol.

-¿Pero que hace una de estas chinas recogiendo botellas vacías de la calle?

¿Desde cuándo se ha visto ?

-¡A usted que le importa! ¿Acaso son suyas?

-¡No! ¡Qué va! Las mías son las de cartón. 
 
-Las mías son frágiles-respondía Clide y se alejaba arrastrando los pies.
 
En varias ocasiones su padre le había dicho: búscalas limpias y no rotas. Porque rotas en la base no me sirven tanto. Fíjate bien que sean verdes. Sus ojos se movían rápido como si fueran de roedores prestos a huir por un agujero. De pronto, su vista se detenía al ver una botella de vidrio. Respirando un aire cansino pensaba en cuanto iría a sacar de plata cuando se las entregara al padre. Guardaba la plata en una bolsita de pana azul. Una que su padre le había regalado que ya no le servía para los anillos. No sabía cuánta plata tenía. No era de andar contándola todos los días como para que no se le gastase. Era tan difícil conseguir el dinero en su familia. Su padre le había dicho hacía ya mucho tiempo cuando había decidido irse del bazar donde había logrado aguantar ocho meses: ¡Que guardes la plata! ¡Te voy a mandar a cobrar los cheques al armenio! ¡Vos das menos edad de la que tenes y en una de esas si tenemos suerte, se apiada y te da la plata que nos debe! ¡Te voy a dar cuarenta pesos de los cheques que vayas a cobrar! ¡Acordate antes de salir del negocio de contar la plata! ¡No sea cosa que nos estafen! No había mucho para hacer en la casa con la madre que nunca salía de la casa y su hermana que trabajaba, que se la pasaba atrás en el departamento de la abuela corrigiendo los trabajos de sus alumnos. Una vida ordinaria y corriente era lo que tenía. ”Desde que los cheques iban y venían de la mano del comerciante hasta la mano de Clide; los gobiernos se iban poniendo lentos para con los trabajadores y como una plaga, la plaza se llenó de gente que pedía la renuncia del gobernante. Murieron dos muchachos que apenas llegaban a los veinte años. Las hermanas lloraban con sus hijos tomados de las polleras. Un juicio al final sobrevino sobre los hombres que habían ejecutado el asesinato. 
Llegaron los que hablaban de igualdad de derechos y no se postraban ante nada. Decían que eran buenos, pero muchos se tomaban el avión a buscar un futuro en otros países. Clide no parecía tener mucho para pelear, ni dinero  y se quedó, aunque después cuando lo cruzo a Casares, soñara con cosas nunca vistas esperando que en algún momento se le abriera alguna puerta. Murieron los padres, el tío se que- dó con el usufructo del taller y ella viendo todo desde sus ojos cóncavos como se lograba inquietar los ánimos de los hombres para que se enemistasen con los dueños de la tierra, las fábricas y los comercios. Todo eso fue cuando Clide Gutierrez pasaba los treinta y faltaba poco para que se le instalase el hambre y de tanto tenerlo no lo reconociera. 

martes, 20 de octubre de 2020

La SOLTERA

 


 

En cuanto podía, yo me escapaba para visitar a la Tana, la prima segunda de mi mamá. 

La conocí durante las vacaciones, cuando íbamos a pasear a Buenos Aires, un día de 

enero, que hacía un calor insoportable y mi madre le tuvo que pedir prestada la bañe- 

ra para tomarse un baño largo pues del calor que hacía casi se desmaya en la escalera 

que llevaba al departamento de Sanguina. 

Siempre fue la más pobre de la familia, la más infeliz, decían los parientes. Vivía en un 

departamento que era como un conventillo ya arruinado  en el centro de la Boca. 

Amaba a Clemencio; era tal vez su único consuelo y el único amor que la amó.  Pero 

nunca nadie lo vio. Ni mi mamá  y eso era decir mucho. Por eso también decían que 

estaba loca de remate y que era todo un invento el Clemencio.

Una vez la vi cerrar el cajoncito donde guardaba sus joyas y sus chucherías muy rápido

como si no quisiera que yo me diera cuenta de algo. Yo a esa altura ya sospechaba al-

go raro y como siempre fui despierta según mi vieja (las madres siempre hablan bien

de sus hijas delante de sus amigas) me metí en la pieza cuando me dejó sola para com-

prar algo de queso fresco y dulce de membrillo en lata en el almacén del Gringo. No

fue ninguna sorpresa encontrar una carta escrita dirigida a la Tana firmada en caste- 

llano por el famoso Clemencio. El problema fue que no pude entender nada de lo 

que decía pues estaba escrita en un idioma que no conocía. Grande fue el chasco que 

me llevé pero no importaba demasiado pues la carta daba cuenta de la existencia del 

Clemencio.

Poco a poco, fui olvidándome del supuesto pretendiente de la Tana hasta que empe-

zaron a surgir como debajo de las  baldosas los verdaderos novios de Sanguina Justini.

Un día la Tana apareció con un hombre rubio y de enormes ojos claros. Se encerró to-

do el fin de semana y recién el lunes a las seis de la mañana lo vieron irse los ojos de 

la vecina de enfrente que era confidente de mi madre.

Solamente lo veían llegar los sábados e irse el lunes bien temprano por la mañana.

A Sanguina Justini la notaban más alegre, mas entusiasmada por la vida ya que abría 

las ventanas y cantaba con un canto de sirena, eso decían. Sin embargo, ni mi mamá, 

ni nadie del barrio sabían cómo se llamaba su prometido.

Pero el infortunio daba cuenta en la vida de la Tana.  La mala suerte en el amor decían 

ya le venía por herencia puesto que su madre había sido abandonada cuando ella na- 

ció y nunca más volvió a hacer pareja con nadie. Por eso quizás la Sanguina era una 

mujer sin risas.  

La cuestión es que me tocó a mí verla, el día en que me dieron el título de Bachiller 

Especializada en Turismo, a ella, toda acongojada y con la cara manchada por el rímel 

arrojar a la alcantarilla el anillo de compromiso que seguramente le había ofrecido el 

novio rubio.

Al poco tiempo, todos la vieron vestida de negro cuando regresaba de trabajar de la oficina. 

Puntillosamente iba vestida de negro que le hacía juego con su largo pelo oscuro 

durante un buen tiempo hasta que un buen día la vieron salir un sábado toda vestida 

de celeste.                                                                                                                                          

La buena suerte en el amor pareció entrar otra vez en la vida de la mujer. Era un hom-

bre de pelo castaño y un poco rechoncho, el festejante de la Tana. Aparecía con un au-

to viejo, pero caro todos los viernes por la noche y a ella la veían bajar del mismo el sá-

bado por la tarde con una sonrisa de oreja a oreja. No faltaron las malas lenguas que 

decían que lo único que le faltaba era quedar embarazada, y que el auto viejo y caro se

le convirtiera en calabaza pero sin el príncipe que la venía a buscar.  Pero nada de ello

sucedió. Sin embargo, la mala suerte acompañó otra vez el destino amoroso de la Ta-

na. El día que tenía que pasar a buscarla a pesar de haber salido temprano su festejan-

te nunca llegó a destino. Lamentablemente al finado se le cruzó un elefante que se ha-

bía escapado del zoológico municipal. Simplemente lo aplastó al auto con su enorme 

pata. 

La Tana se hizo famosa por el suceso y todas las tardes cuando regresaba del trabajo 

los periodistas hacían cola para averiguar algo más sobre la vida de su ex pretendien-

te. Cuando se cansaron del notición, ella  volvió al luto de negro puntillosamente.

El tiempo paso como está acostumbrado en todas partes, y yo estaba parando en su 

departamento una temporada porque mamá quería que estudiara en la Capital y como 

no teníamos para pagar un alquiler le dijo a la San como le decía mi madre si no le 

molestaba darme alojamiento por un tiempito. Le dijo que yo iba a portarme bien y 

que iba a hacer las tareas de la casa. Que no se preocupara por la comida por que ella 

le iba a mandar una mensualidad para mis gastos. La perspectiva no me gustaba en 

absoluto y mientras mis amigas iban y venían de la facultad, salían de noche cuando se 

les antojaba con el muchacho que les gustaba, yo me quedaba encerrada como en un 

claustro en la piecita del fondo del departamento de la ahora celadora Sanguina  Justi-

ni.  

Mi mamá me convenció de que no tenía alternativa, y que cuando terminara la carrera 

iba a poder elegir a cualquier candidato que se me presentara en el camino puesto que 

era linda,  sin embargo era pobre y por eso debía estudiar para lograr captar un candi- 

dato aceptable. 

La rebeldía es propia de los años mozos y yo no me iba a quedar fuera de la regla.

Había días en que Silvia desaparecía por unas horas y volvía con las mejillas arrebo-

ladas por alguna emoción que yo desconocía. Como podía quedarme sin leer los

libros y sin sacarme un cinco, iba a investigar la vida oculta de mi celadora.  

Cuando la Tana salía yo iba atrás de ella sin que ella se percatara de mi persecución.

Ella se encerraba en un edificio de muchos pisos por un par de horas que quedaba 

afuera de la ciudad. Yo no tenía oportunidad de entrar ya que había un vigilante con 

cara de poker que cerraba la puerta inmediatamente una vez que alguien se anuncia- 

ba. 

Había veces que un auto gris plateado estacionaba en la cuadra del edificio pero yo no 

podía ver nada de donde estaba ya que por alguna misteriosa razón,  una vez abierta la 

puerta del auto se deslizaba una tela plateada como si fuera una cortina que medía  

más de tres metros de alto que impedía ver a la persona que se bajaba del mismo.

Como no me iba a dejar vencer por las dificultades, una tarde salí lo más rápido que

pude detrás de la Tana, la intuición me decía que ese era el día en que iba al edificio.

No me equivoqué, cuando vi que la Tana entraba al edificio, yo que iba vestida como

una mujer más grande y con sandalias de taco chino, me escondí detrás del kiosco de

revistas que se encuentra en la misma cuadra que el edificio. No sé cuánto habré es-

perado, pero apenas vi que un señor con una maleta tardaba un poco en entrar pues 

se había detenido a buscar algo en una caja negra que llevaba atada arriba de la ma- 

leta, me acerqué con cuidado y apenas el señor entró, yo de una zancada estuve den- 

tro del edificio para mi mayor sorpresa. Subí con él al ascensor con tanta buena suer- 

te que, cuando se abrió en el piso trece en el que el señor salió con su maleta, pude 

ver la silueta de la prima de mi mamá que se destacaba contra la pared de color pla- 

teado. 

Estaba de espaldas y no me vio.  Como me bajé del ascensor en el piso quince, corrí 

por la escalera hasta el piso trece.  Cuando me hallé en él me extraño que fuera tan 

alta la pared, que media como cinco metros.  Me dije que quizás fuera un capricho del 

arquitecto que la diseñó. 

Lo raro también era que el color plateado se repetía en el color de las pinturas y en los

floreros  que decoraban el piso. 

La cuestión era encontrar el departamento donde se hallaba la Tana pero no me fue 

difícil, pues la puerta que estaba más cerca del ascensor se abrió y desde donde esta-

ba pude ver a Sanguina sentada en un amplio sillón blanco con una sonrisa deslum-

brante ; no podía creer lo que estaba viendo con mis propios ojos, era de no creer. El 

señor en cuestión al que le sonreía la Tana era un gigante con un tercer ojo en la fren- 

te.  La puerta se cerró de improviso. Yo me quedé parada sin saber que hacer; si salir 

corriendo o tocar el timbre del departamento. Decidí que la última opción era la más 

atinada. Pero me llevé una decepción grande: no había timbre. 

A esa altura mi cabeza ya no sabía que pensar, si era ese gigante un pretendiente de

la Tana o cualquier tipo al que por alguna misteriosa razón ella estaba obligada a ver.        

De golpe, la puerta del departamento donde se encontraba San, como le decía mí 

mamá, se abrió y ella salió  envuelta en un aura radiante y se despidió del gigante di-

ciéndole: -¡Adiós Clemencio!

En un segundo entendí todo. Regresé a la casa de la Tana siguiéndole los talones a ella

que parecía no darse cuenta de nada. 

Me encerré en la pieza y desde la cama escuché un solo de piano, un tanto extraño 

para mis oídos, pero que sonaba armonioso. Toda la noche estuve dando vueltas en la 

cama pensando cuando la iba a encarar a Sanguina para contarle que lo sabía todo.

La mañana era esplendida como lo suelen ser las mañanas primaverales y ella como 

era costumbre ya estaba desayunando en la cocina. No me fue difícil observar que se 

hallaba como en el limbo. Sin rodeos, le dije:

-¡Te vi el otro día con un gigante y vos te despediste diciéndole chau Clemencio!

La expresión de estar en el limbo a la Tana se le transformó por una expresión demo-

niáca. Hasta los pelos enrulados de siempre ahora parecían ser las serpientes veneno- 

sas de una Medusa moderna.

-¡Vos mocosa insolente y malcriada me vas a decir a mi como debo vivir mi vida!

¡Yo a tu edad ya trabajaba en una oficina de cuarta porque mis viejos no me podían

mantener! 

Se acercó con la velocidad de un rayo y sin poder defenderme me puso un trapo en

la boca con olor nauseabundo y en unos segundos no supe más nada de lo que pa-

saba en el mundo.

Cuando me desperté, sin poder creer donde me hallaba, vi que me encontraba en una 

celda que identifique rápidamente como una pieza del departamento donde había es- 

piado a la Tana. Lo reconocí por el papel de empapelado de las paredes y la altura de

las mismas. 

El gigante venía casi siempre a traerme comida. Sin poder creer lo que me pasaba me 

convertí en una bestia que devoraba los víveres que Clemencio me traía con suma ge-

nerosidad. Galletitas de marca, canapés de jamón crudo y queso crema, nueces, al-

mendras, matambre relleno de ciruelas, salmón rojo, masas finas en una bandeja de

plata. 

Al ver la cuchilla enorme que portaba el supuesto amor de la Sanguina en sus manos,  

recordé que el gigante Polifemo encerraba a hombres cualquiera para después comer- 

sélos, supe que yo era el objeto del sacrificio para este gigante. 

De la Tana ni noticias. A la familia no se la elige. Por algo será que nunca la vi reírse fue 

lo último que pensé, al sentir el filo de la cuchilla sobre mi piel.           

Registro Nacional del Autor PV 2019-91715904-APN-DNDA#MJ 

jueves, 1 de octubre de 2020

EL ENCIERRO

                                                               

Nadie sabe hasta dónde puede soportar las inclemencias de la vida hasta que 

le sucede. Poco a poco me acostumbro a esta vida. 

El brillo del sol sobre la ventana golpea llevándome lejos de la realidad.  El 

verde de las plantas que están en el balcón me trae el recuerdo del esplen- 

dor de la juventud, aquel que en algún momento pude ostentar. Pero para que 

lamentarme si nadie me ve.

Hace rato me quedé encerrada,  tal vez por miedosa fue que no quise salir, pe- 

ro no tengo ánimo para deshacerme de ellas. ¡Son tan poderosas!

Recuerdo haber jugado, de niña, con  algunas y haber sentido la resistencia de 

ellas en cada una de las veces que las acurrucaba en mis manos como minús- 

culos gatitos. 

La primera que conocí, que era malísima, era la más gorda de toda su especie. 

Una vez mamá dijo al verla en un negocio enfrente de la plaza Brown : —¡Qué 

linda que es! —pasaban en ese momento dos mujeres que se la quedaron mi- 

rando a mi mamá como si fuera una bruja y me reí ferozmente—¿Cómo te vas 

a  reír así en la calle?—protestó mamá mirando como fascinada la caja donde 

se hallaba la gorda posando como una reina  y añadió—: ¿Acaso ahora se es- 

tila reír como un mono ? —¿Qué monos? — interrogué.  — Los monos de la 

selva, ignorante. Todavía no sabes lo que son los monos. — ¡Ah!, los monos — 

respondí con debido asombro—,  yo creí que había monos acá en la calle . —

Ya no sabes ni comportarte como una niña educada. Tendrías que irte a la 

selva para hablar con los monos-me amonesto mamá. 

Pobre mamá, cómo se notaba que había nacido en la época en que las niñas 

debían vestirse de rosa para ser consideradas mujeres.  A veces me desvela 

saber cómo era la época en que vivían mis bisabuelas que llevaban polleras 

largas hasta el suelo y se encorsetaban el busto como un matambre. Si algo 

sé de ellas, es que no eran felices. 

¿Y yo tendré siempre mi cara pálida de no salir nunca?.  Cara de salamín, de- 

cía mi tía que venía a ver la novela Rosa de lejos junto a mi madre y mi herma- 

na;  que siempre pensaba que yo tenía cuatro años menos de los que tenía.  

¡Qué feo era parecer menos!. No extraño mi infancia; eso sí que no, pero ellas 

ya eran mi compañía, malas o buenas, como todas las compañías. 

En cierto modo ellas ya me protegían.  Más que toda mi familia, más que cual- 

quiera que me haya cruzado en la vida. 

A veces pienso que han pasado varios años y que soy vieja; pero si fuera así 

no me quedarían ganas de salir de acá. 

También pienso que  alguien vendrá a buscarme, confío en la astucia de los 

jueces que, más que buscarme a mí buscarán la mansión en la que vivo 

cuando les salte la deuda que tengo con el municipio.  Me encontrarán por 

casualidad; no tengo parientes que me busquen. 

A veces duermo cinco minutos y parecería que he dormido toda una noche. 

Dormí al atardecer, me desperté con la luz de la noche y me encontré con  

una que  no tiene patitas. Es raro encontrarse con una sin patas. No se si habrá 

peleado con otra o con el macho. 

Con cuidado la dejo sobre el acolchado de la cama. La telaraña es tan fría co- 

como el hielo. La reina araña, tuvo tiempo de tejer su hilo alrededor de mi brazo  

izquierdo y de llegar hasta el torso. No puedo descifrar el porqué del ensaña- 

miento.  Anoche, cuando me desperté, escuché que hablaba a los gritos pe- 

lados y se quedó hasta el amanecer peleando con el macho. 

Estoy furiosa,  con dificultad pero con urgencia me quito la porquería que me 

tejió, diciéndole yegua, como a una de mis enemigas que siempre me embro-

maban en la secundaria cuando les decía que no podía ver el pizarrón ya 

que, las altas se sentaban adelante. La araña como dándose cuenta de que su 

tela se le estaba deshaciendo comienza a tratar de hacerla de nuevo aprove-  

chando que tiene el terreno libre.  

La telaraña se expande muy rápido por mi brazo izquierdo, trato de deshacerla 

pero la guacha se me sube por el otro brazo. Nerviosa por el accionar de la in- 

sistidora, la hago a un lado.  No contenta con haberla hecha a un lado, la ara- 

ña se sube de vuelta por mi brazo. Exasperada le grito que ya está, que me 

deje tranquila. No me hace caso, señala el acolchado donde se encuentra la 

araña que no tiene patas y con voz rasposa y aguda de araña me dice:  -¡Vos 

me lo mataste!               

-¡Yo escuche anoche que discutías con él! 

-¡No, no discutía con él! ¡Discutía con mi amiga!

-¡Yo no fui la que lo mato!

Furiosa la agarro de la pata y se le quiebra.  La dejo caer al suelo y de gol- 

pe, todas sus hermanas surgen debajo de la cama como furiosas y van dere- 

cho, con una rapidez inusitada hacia mi cuerpo. Sin poder creer lo que hago, 

me enfrento a todas ellas y con un poder que no sé de donde lo saco, una a 

una las voy matando. Caen como luciérnagas que odian el sol una al lado de la 

otra como hermanadas en la lucha.  Tanto matar me ha dado cansancio; me re-

cuesto en el lecho.     

Ya estoy cansada de permanecer siempre en la misma posición. Con esfuer-

zo me levanto de la gran cama. No sé por qué siento que peso un montón; 

mucho más que antes y que las piernas se han hecho débiles. Me cuesta lle-

gar al espejo que se encuentra del otro lado de la habitación, pero avanzo con

determinación. El espejo está lleno de telarañas; no sabía que les gustaba el 

brillo que da la luz  del espejo a las arañas.   

El espejo me devuelve la imagen del cuerpo grotesco de una araña  inmensa

que despide hacia el cosmos la energía que emerge de sus extremidades ful- 

gurantes de luz.  Con estupor veo los ojos inmersos en esa araña inmensa, 

aquellos ojos míos, que alguna vez supe ver nitidamente en el mismo espejo 

cuando este se hallaba limpio y yo tenía el rostro sin marcas, que la vida le da  

y los tilos de la cuadra despedían el olor aromático en la primavera.



                                                

Registro Nacional del Autor PV 2019-91715904-APN-DNDA#MJ 

martes, 22 de septiembre de 2020

EL LLANTO




Tenía unas líneas estriadas en el iris castaño de los ojos, el pelo cobrizo y lacio, los pómulos 

marcados, la boca pálida como una daga. Lo vi la primera vez en mi vida, cuando yo tenía 

catorce años cuando mi tía me llevo para dejarme internada en el orfanato católico.

Hacía mucho tiempo que yo sabía que me iba a llevar y sabía que me llevaban al orfanato 

como una forma educada de quitarse de encima a alguien que les resultaba un engorro. 

Esperamos a Cristiano Alderete en un enorme patio lleno de sol; los canteros tenían piedritas 

bien cuidadas y una preciosa profusión de ligustros. Para endulzar mi sufrimiento mi tía por 

parte de padre, me regaló aquel día un cuaderno y una bolsa de caramelos para que los degus- 

tara cuando pudiese.

Cuando apareció Cristian Alderete, con su hábito oscuro y su rostro grave, me inquieté. Se pu- 

so los lentes culo de botella y ceremoniosamente nos hizo pasar a su oficina; me quitó el cua- 

derno y la bolsa de caramelos.  Después de mirarme un momento que me pareció una eterni- 

dad  me pregunto:

—¿Sabes que dios es justo y que todos tenemos una misión que cumplir en la tierra? —inqui-

rio el sacerdote—Quédate aquí por unos momentos y reflexiona la pregunta.

El sacerdote desapareció con la rígida de mi tía. Yo me quedé pensando seriamente en la res-

puesta. Cuando volvió, esta vez solo, le contesté que dios había velado por mi alma dejando-

mé en ese lugar donde podría más adelante cuando estuviese bien preparada asistir el alma

de las niñas y jovencitas huérfanas que por mal destino habían terminado en ese lugar. El 

hombre de dios pareció estar de acuerdo con mi respuesta y me llevó al cuarto donde se 

alojaban las internas consagradas en la vocación de religiosa. Desde ese día nunca más lo 

había vuelto a ver. Pero el destino me tenía designado volver a verlo. 

El día que era el santo de Santa Catalina de Alejandría–la hermana Ángela me ordenó que 

fuera a buscar a las niñas que tomaban la clase de religión- Una de las niñas salió con la cara 

toda colorada y se sostenía el estómago con expresión de asco. Cuando la llevé a la enfermería 

donde con paciencia Sor Juana la atendió y como no decía nada la muchacha  sobre su estado, 

la religiosa mandó que la llevara de vuelta a las instalaciones del orfanato para que guardara 

reposo; la muchacha que tendría unos 12 años se puso más colorada todavía. Vaya con dios-

eso fue todo lo que le dijo la religiosa. En el trayecto al cuarto donde dormían todas las inter- 

nadas le pregunté a la muchacha como se sentía. Solamente hizo una mueca de dolor. O al 

menos eso me pareció.                  

Era ya la hora de hacer mis oraciones en la capilla cuando observé que la puerta estaba cerra- 

da; situación extraña para la hora. Antes de entrar llamé a la puerta. Nadie salió. Tomé el pica- 

porte y abrí. En el altar se encontraba Cristiano Alderete  leyendo lo que parecía ser la biblia. 

Había cambiado desde aquella vez que me había hecho la pregunta.  Unas delgadas arrugas

le surcaban la frente y algunas canas aparecían en su pelo cobrizo.  

Nunca lo había visto fuera de los horarios habituales en que se realizaban las misas. Hice poco 

ruido hasta llegar al último asiento. Hubo un momento de silencio y entonces el religioso le- 

vantó la vista y me miro desde donde estaba. Pude verle una mirada rara. Cerró inmediata- 

tamente los ojos. Yo empecé a rezar el Ave María que es la oración que más me gusta. Santa 

María, madre de dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. 

Amén, oré con los ojos cerrados. Sentí una mano que me tomaba el hombro con fuerza. Do- 

blé la cabeza para mirar pero no le pude ver la cara, me tapó la boca y con una fuerza de 

animal me arrastró fuera de la capilla. Yo trataba de forcejear contra la fuerza bruta, pero todo 

fue en vano. En cuestión de segundos estaba tirada en el suelo con un hombre encima de mí. 

No podía gritar. Hábil; me había amordazado. No sé el tiempo que paso hasta que escuché la 

voz de Cristiano Alderete que me dijo: Quédate acá- y agrego –que entrara a un cuarto y me 

señalo un catre con una manta raída. Entré y me senté en el catre. Junte las rodillas, bien 

pegadas y el escozor que sentía entre las piernas me volvió a doler y pensé en todo lo que 

había pasado y en la posibilidad de que alguna de las superioras se enterara. Seguramente 

sería echada del orfanato. Ya eran muchas bocas para mantener y una más, era un verdadero 

engorro además que tenía un pecado tan grande. Sin embargo, esa posibilidad se me negó. 

Pasaron los meses, no sé cuántos. Yo llevaba el ritmo del tiempo según iba creciendo la vida en 

mi seno. 

Un día, no me había dado cuenta que habían abierto la puerta. Nunca lo había visto antes al  

hombre que vestido con el hábito de religioso se encontraba al lado del marco de la puerta . 

Soy Gabriel, vengo a sacarla de esta prisión. ¿Tiene a alguien fuera de aquí que la pueda re- 

cibir? Me di cuenta que no había nadie que me esperara afuera o al menos sabía que los 

parientes que todavía me quedaban no me verían con buenos ojos. 

Mi hermano estaba casado y se había hecho cargo de la estancia de mis padres. Yo al ser 

demasiado regordeta y fea no iba a conseguir marido acorde al rango social de mi familia. 

Cuando me dijeron si quería ser novicia dije que sí. Realmente no sé qué iría a hacer en la 

estancia con un hijo natural. Negué moviendo la cabeza ante la pregunta del hombre.  Y él dijo: 

Yo ya intercedí con la superiora.  Vamos, levántese y venga conmigo, dijo el hombre y dude en 

levantarme.  Dude porque no sabía si me estaba diciendo la verdad. Me tomó de la mano, 

abrió la puerta y yo supe que podía confiar en él. Salimos a lo que era un túnel que nunca ha- 

bía visto cuando mi tarea era vigilar a las internas. Era un túnel oscuro con enredaderas que 

despedían un olor a alcanfor. Caminamos hasta el fondo,  donde había una puerta de hierro 

que el hombre con facilidad empujó. Salimos a lo que era el patio interno de las instalaciones 

donde se alojaban las religiosas. Rosas, ligustros, trozos de manguera y hasta algunas herra- 

mientas de jardinería vi tiradas con descuido. De repente, el hombre detuvo su marcha ante 

una puerta. Escuchamos un grito de depredador y unos segundos después dos hombres que 

no sé de donde salieron se abalanzaron hacia mi libertador. Pasó todo tan rápido. Entonces 

terminé encerrada de vuelta en la celda maloliente y esperando que el retoño hiciera su apa- 

rición al mundo para sentirme por lo menos en algún sentido libre.                                                            

El día del alumbramiento al final llegó para mi liberación. Nunca pensé que la sensación de un 

dolor indescriptible pudiera  ser a la vez  algo  tan hermoso. En el medio de la sangre que caía y 

el retoño que venía al mundo, salieron mis palabras atragantándome por el sufrimiento corpo-

ral:                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

                                                   Por los siglos de los siglos,

                                                   que repiqueteen los plañidos de mi niño, 

                                                   como campanas angelicales,

                                                   en este sucio y depravado lugar.                                         


A orillas del mar Atlántico, entre las ruinas de un orfanato, se oye durante tres noches un  

llanto débil como de niño recién nacido, que retumba insistente a las tres de la mañana en el 

sector olvidado del orfanato.  Un guardia en un recorrido nocturno,  ve ante sus ojos atónitos 

la figura espectral  de una mujer  regordeta  con un bebé en sus brazos que llora.

        

                                           


 

                      

Registro Nacional del Autor PV 2019-91715904-APN-DNDA#MJ