domingo, 6 de marzo de 2022

AMOR APOCALIPTICO

 



Ocurrieron mil cosas, como cuando chocan los meteoritos contra la tierra uno tras otro, en una escena de espanto estrepitoso, aunque con cierto azar; dirían los que no creen en Dios y sí, en el poder de las piedras y del cosmos chillando ante los últimos estertores de un mundo agonizante que se lanzaron valientemente fuera de las casas arrastrando horribles maldiciones al aire. Y en la llameante entrada de una casa una voz leyó una cita tras otra de la Biblia con una preocupación visible, hasta que se carbonizaron todos los árboles, plantas, cimientos hasta que todos los cables de las torres se retorcieron y se extinguieron dando un olor a chamuscado que humillaba las fosas nasales de los que habían quedado vivos.

La pareja miro con un asombro de ingenuos, y la ciudad devastada se mostraba por donde se mirase como un espectáculo negro y casi fantasmagórico, desaparecida del mapa terrestre para ellos, devastada en contraste con el límpido cielo azul. Y miraron lo que tenían ante sus ojos como si les angustiara que ellos estuvieran vivos. La mujer suspiro y dijo: -¿Y ahora que vamos a hacer? -Habrá que pensar en algo-dijo el hombre con voz de ultratumba. -¿Por qué no te fijas si hay electricidad en la casa? -¡Mujer, estás loca! ¡Es obvio que no hay! ¡La ciudad y me atrevería a decir que el mundo ha muerto! La mujer de largo pelo castaño sacó su celular del bolsillo de su campera y lo des- bloqueo. Sus ojos se abrieron grandemente. -¡Tampoco hay señal! -¡Estamos solos! -¡Ante la nada!-agregó el hombre entrecerrando sus ojos ante el espectáculo sombrío.

Era la hora del atardecer. Nada se escuchaba. Solo un viento con olor a quemado tenía la insolencia de presentarse como un invitado indeseado. En el pequeño arbusto de hojas con aristas redondeadas como de muérdago, frente a la entrada de la casa, brilló como una joya un brote nuevo que nacía frente al menguo de la luz. Una voz habló cortando la aridez del silencio. -¡Tendremos que irnos! -¿Adónde? -¡A cualquier parte donde haya vida! La mujer no habló como si tuviese miedo de proferir palabra frente a la inmensidad ruinosa del paisaje. –Indudablemente, no es lo que nosotros prefiramos sino lo que él prefiere.
-¡Otra vez estás hablando de Dios! ¿No puedes dejarlo tranquilo alguna vez? -Siempre tuve conversaciones con Dios. ¿Por qué no habría de hacerlo ahora? -Entiendo, pero no es momento para tener tus conversaciones con tu Yahvé. ¿Acaso no te das cuenta de que estamos en el medio de la nada? ¡Todo está destruido! -¡Por eso mismo es que debo hablar con él! ¡Para que me guie en el medio de la adversidad! -Hace lo que quieras. A mí nunca me escuchó. -¿Vos seguís resentida, verdad? La mujer no contestó. El hombre le dio la espalda. Su cabeza emergía como un casco gris contra un fondo de edificios derruidos por el fuego, árboles sin sus copas y una humareda lejana visible a lo lejos. La espalda pareció moverse en cuestión de segun- dos, los músculos volvieron a su posición normal, no obstante la misma chaqueta parecía emanar desde sus arrugas una preocupación visible y constante que provenía de la cabeza del hombre. -¡Ismael! -¿Qué pasa ahora? -¿No los ves, a los pájaros que están emigrando hacia el sur? ¡Son bandadas! El hombre giro la cabeza y sonrió. -¡Es la señal que estaba pidiendo! ¡Me contestó! -¡Tu Yahvé amado!-agregó irónicamente la mujer. -¡Hay que ir hacia el sur! ¡Vamos!¡Levántate Julia! -¡No me des ordenes! El marido hizo caso omiso de lo dicho por su mujer y comenzó a caminar con ímpetu. Ella se levantó con cansancio y antes de seguir a su marido se dio vuelta para observar lo que quedaba de su morada. De las guaridas que imprevistamente habían hecho los roedores salieron disparadas cientos de cucarachas. La mujer grito y las maldijo. Tropezó con el frente de un auto casi chamuscado y se detuvo para aspirar el aire toxico. Resopló varias veces antes de que su marido la tomara por el brazo y la ayudara a emprender el paso. Luego, mientras la luz iba menguando siguieron su camino como ladrones que no desean ser vis-tos en un ambiente desolador y atemorizante. Cuando avanzaba la noche, la tierra se abrió en dos marcando una hilera serpentina golpeando las cosas que todavía quedaban en pie; los animales que se hallaban cobijados salieron de sus cuevas, los humanos aún vivos vieron con horror la rajadura como dientes cortantes que los deseaba tragar. -¿Y ahora que vamos a hacer? ¡No tenemos salida! -Tranquilízate. Ya nos marcó la salida de este atolladero. No tenemos el control de nuestra vida. ¿Cuántas veces te lo dije?
-Recuerdo que es una de tus frases favoritas. ¡No es el contexto!-le contestó la mujer que termino su frase con un rictus que marcaba amargura en la fina línea de su boca. -¿Hasta cuándo vas a seguir enojada con la vida? ¿Seguís estando resentida, verdad? La espalda de la mujer a la altura de los omoplatos se encogió como queriendo resguardarse de algo o quizás de alguien. Apretó la mandíbula y la línea de sus ojos se desdibujo al entrecerrarlos. Detrás de ella el crepúsculo dio origen a que todas las cosas se perdieran en un lugar oscuro que por su mutismo robaba a la calma. El hombre, apoyado contra lo que quedaba en pie de un poste de luz, contemplaba con la vista perdida a un horizonte lejano. De pronto, habló: -Tendremos que descansar aquí. Lamento no tener una manta para por lo menos no quedar por la mañana tiesos como un árbol. Se recostó sobre un césped aun tibio por el calor que parecía emanar del centro de la tierra, y llamó a su esposa para que se tendiera al lado de él. Ambos se quitaron sus chaquetas y las dispusieron como una manta sobre el pasto. Durante toda la noche incluso cuando los fuertes rayos del cenit deslumbraron con todo su fulgor a la atmósfera, ellos permanecieron dormidos. El gavilán cola roja se posó sobre la punta del poste de luz, extendió sus alas café, erizó las plumas de su cabeza y espalda como viendo un rival a lo lejos. Su pico se abrió para vocalizar su canto seductor y emprendió el vuelo. La pareja se despertó, ambos se deshicieron de su abrazo sorprendidos de que una mañana los encontrara vivos. En la punta de un techo a dos aguas el aguililla cola roja volvió a abrir su pico. Sonó su canto. La voz masculina se hizo notar en una resonancia lejana. -¿Qué te parece si emprendemos el camino? -¿Qué camino? -Sabes que el rencor te va a encoger los huesos. -¿Está escrito?-la voz de la mujer sonó irónica. –Claro, que sí. No te hablo por hablar. –A veces pienso que tu Dios habla a través de vos. –No siempre el Señor habla a través de otros. Te lo dijo todo el mundo, que debías perdonar. Yo no puedo hacer más nada. -¡Vos también tuviste que ver! -¿Cómo puedes acusarme a mí de hechos que no están bajo mi control? Te lo dijeron los médicos. Tenía que pasar. Quizás haya una segunda oportunidad. Quién sabe. -¡Lo que decís suena desatinado en este contexto que tenemos!¡Ni siquiera tenemos para comer! ¡Ni si te ocurra tocarme! -¡Basta Julia!
La mujer se levantó con apresuramiento y se tomó las manos restregándolas como para limpiárselas. Otra vez el canto del aguililla sonó. El hombre camino por el sende-ro que marcaba una calle atravesada por escombros, ramas de un árbol, automóviles que despedían olor a una mezcla de gasolina quemada. Las pupilas del individuo se contrajeron al ver una sombra que media apenas un metro cincuenta. El cuerpo al que pertenecía la sombra se ocultaba en la parte trasera de un auto. Acelerada la sombra se presentó ante la vista sorprendida de la pareja. Una niña pálida y llorosa apenas vestida se arrojó hacia ellos. El rostro de la mujer pareció cobrar vida, de repente. -¡Viste mujer!¿No era lo que estabas esperando? Yahweh contestó el deseo de tu corazón.                                                                      Los cuerpos de ambos formaron una ronda donde la niña era el centro total del amor de padre y madre. Las plumas rojas del aguililla batieron la retirada hacia el horizonte.


       










lunes, 21 de febrero de 2022

ME DUELE VERTE EN TODOS LADOS

                                                            AÑO 2000

La muchacha escribía como una autómata en la libreta del libro de prácticas. Su mente volaba y su alma también traspasando moléculas del tiempo presente. Concentrada en las palabras que emergían como un rio sin cause. Estaba lejos de allí, envuelta en espa-cios inconmensurables y desconocidos para el conocimiento humano. Dos palabras la dejaron completamente anonadada: fantasma, era una de ellas; la segunda: pasión.  Los sonidos externos se estrellaban y caían como soldaditos de juguete, sin lograr interrumpir la concentración de la joven. De repente dejo de escribir, como si su alma y esta vez su cuerpo, se hubieran transportado a otro tiempo. A la joven repentinamente le subieron los colores a las mejillas. Cuando su mente, cuerpo y alma volvieron, ya estaba todo escrito así como en el papel, en el tiempo.  

 

                                                           AÑO 2018

La muchacha prende la radio vieja. Escucha hablar al locutor. La respiración se detiene. La voz del locutor mareaba a la muchacha que enloquecida no puede creer lo que está pasando. No, no va a escucharlo. Apaga la radio en un impulso violento. La joven continua enloquecida, los ojos abiertos como platos, el corazón palpitando exultante parecía contar con la complicidad del repentino viento que se levantó asustando a los pobladores del pueblo costero. El corazón vuelve a ganar templanza. Su pareja aparece y le pregunta porque apago la radio. Le contesta que no tenía ganas de escucharlo. La mujer aparenta frialdad, o tal vez en ese momento ya anticipaba el instante de una separación anunciada. No lo mira a los ojos. No entiende por qué, ese otro, se empeña en volver como un fantasma, a través de la radio. El viento súbitamente para y arranca de vuelta.       

 

                                                           AÑO 2019

Levanta la vista del celular nerviosa. Su vista se posa en su valija que portaba todas sus cosas. Era hora de volverse a casa. La relación no había funcionado y lo sabía. No había tiempo para recriminarse eso ahora. Sus ojos se abren de par en par. Desde el asiento de la terminal de micro no puede creer lo que está viendo. La publicidad del micro, el escudo de tres colores de una bandera flamea como una burla del destino. La mano se apoya sobre la mejilla derecha en señal de incertidumbre;  con la otra se rasca la pierna izquierda lentamente. Los gritos que provienen alrededor de ella no parecen alterarla en su ánimo. Observa al micro con atención hasta que se va. Una mueca de extrañeza surca su rostro. Los ojos color café de la muchacha miran el frente como queriendo entender la señal. Otra vez, el fantasma o el monstruo de alguna mala película se empeña como un antihéroe en volver, en revolverle ese recuerdo que no se muere nunca.

                                                         TIEMPO INTERESTELAR

Los ojos de la muchacha se expanden a pesar de escribir como una autómata en la libreta de prácticas. Su mente volaba y su alma también traspasando moléculas del  tiempo presente. Algunas veces ve la oscuridad por un segundo en la extensa línea que divide el velo del cielo. Su alma pestañea por un segundo. Él respira. Fue un resplandor  entonces lo ve entre la penumbra que oscila en la oscuridad. A través del resplandor se dibuja la figura de un hombre tal cual como era en la tierra. Resplandece como un sol que no ha cesado de buscar a la luna, y que ahora, ya no sabe qué hacer con el antiguo deseo tan gastado y aquiescente. Con un leve movimiento, el espíritu de la muchacha se acerca hacia la figura del hombre escoltada por sonidos celestiales. La unión queda sellada en el espacio tiempo del cielo.      

 

                                                       


             

martes, 18 de enero de 2022

EL LÁPIZ

 



¿Hay algo más terrible que perder algo? ¿Encontrar lo que hemos perdido? ¿Volver a

poseer lo perdido?. Todo por momentos parece terrible, pero en ese preciso instante

importante. Lo perdido, perdido está aunque se busque en los recuerdos del pasado.

La historia comenzó hace mucho en un lugar que ahora no interesa, las ciudades en

algunos lados son todas iguales; la gente salía de las casas y entraba en ellas, después

de trabajar, y llevaba vestimentas doradas, amarillas y rojas, zapatos de plata y bolsos

de bronce, sombreros multicolores de los más diversos diseños, según el status de los

dueños. Era la hora veloz y calurosa de los primeros tiempos del cambio.

La mujer se encontraba caminando por la avenida más cara de la ciudad donde vivía

con su amante, cuando le oyó decir a una muchacha con los labios pintados de un

violeta tornasol :

—En este mundo ya hay tantos labiales de diversos tipos que deben llenar una casa

si se juntan los de todos los países. No es una novedad

—¡La verdad nunca lo había pensado! —le contestó moviendo con coquetería su ca-

bellera negra.

Los nervios la llevaban a hablar como si olvidara que era tímida. Poco a poco, insen-

siblemente advirtió que, al pasar por los locales caros inconscientemente buscaba

lápices labiales de otras marcas que no conocía, nuevos colores, quizás también con

otros olores. Ya no recordaba cuantos lápices labiales tenía en la casa. Más de cinco

seguro, pensó restregándose las manos envueltas en guantes metálicos. Como llevada

por un impulso al que no pudo resistirse entró a un negocio muy colorido y muy osten-

toso, que tenía en el escaparate un labial enorme como del tamaño de una mano me-

diana, el color quizá no decía mucho, o era rojo carmín o bermellón o tenía una espe-

cie de purpurina colorada, que le hacía acordar a lo jocoso de los payasos. Lo compró,

aunque el precio significara triplicar la entrada de dinero de todos los meses. Cuando

llegó a la casa se di cuenta que estaba sola y respiro aliviada. No sabía dónde iba a

esconder el lápiz sin que a su amante lo encontrase. Él siempre encontraba lo que

compraba. Corrió como avergonzada al galpón con el lápiz envuelto todavía en el papel

de regalo. Como de costumbre estaba abierto para que la oveja pudiese entrar y salir

cuando se le cantara. Se metió dentro, desenvolvió de su papel de regalo al enorme

lápiz labial y rápidamente como en un pantallazo vio donde tendría que ocultarlo: al

fondo había pasto seco y aserrín, era un lugar al que la oveja no se le ocurriría ir como

si no fuera una oveja y fuera cualquier otro animal, pero, ya estaba acostumbrada a

que en esa casa muchas cosas estuvieran al revés; pensó que mismo su novio a pesar

de ser alto y bastante corpulento se comportaba como un niño con enormes ojos ce-

lestes que parecían de vidrio. El lápiz labial quedó oculto en su envoltorio dentro de

los pastos secos y el aserrín, tan seguro como si estuviera en una caja acerada e impo-

sible de abrir.

Cuando ya era pasada la mañana, después de desayunar fue corriendo al galpón y

buscó el lápiz emocionada como si fuera un vestido de fiesta. El color era realmen-

te raro. No pudo resistir la tentación de pintarse los labios, pero sintió una desespe-

ración tan grande que terminó pintándose toda la cara. La sensación era extraña, pe-

ro agradable. Sin darse cuenta, se desvistió y comenzó a pintarse desde el cuello has-

ta los pies, su cuerpo pesado y voluminoso. El tamaño del lápiz labial había desapare-

cido por completo después de haber terminado de pintarse entera. Se tapó con la ropa

que tenía puesta antes y salió como pudo del galpón para quitarse con el agua de la

ducha toda la pintura que olía de verdad como un perfume.

Ese mismo día lo había mirado rascarse la herida hasta que parecía que había dejado

de molestarle. Cuando comenzó a arrancarse con la uña la costra, había dejado de

mirarlo. La mujer tenía los ojos increíblemente grandes y brillaban como el oro líquido.

—Tenes que ir a ver a un médico!¡Es obvio que te rascas de noche cuando dormís!¡Yo

te he visto hacerlo!

—¿De noche? ¿Cuándo?

—En días pasados.

—¿Pero cuando?

—¿Acaso no me crees?¿Cuándo se supone que lo harías si vos mismo no recordas

cuando te rascas?

—Bueno, cuando tenga plata lo voy a hacer.

—¡Con ir al Centro de Salud basta!

—¡Te dije que no tengo plata!

—¡Es mentira!

Su novio había desaparecido por la puerta del pasillo. Había recordado que la señora

que guíaba el grupo del Uno le había comentado una vez que los hombres son como

chicos y que había que tratarlos como tal. Sin embargo, no estaba tan segura de que

esa era la forma de tratarlos.

Pocos días después, regresó y volvió a tomar el lápiz labial. Increíblemente el lápiz no

se encontraba gastado como si no lo hubiese usado la anterior vez. No pudo resistirse

y volvió a pintarse de pies a cabeza con el lápiz. Esa vez bailó una danza y no se cayó ni

una sola vez en el suelo sucio y maloliente del galpón. No sé cuántas veces se pintó con

el lápiz y bailó como una desaforada, como siempre su novio no se dio cuenta de nada.

Vivía entre la normalidad de lo cotidiano y la extrañeza de su rito oculto. Sin embargo,

como todo lo que empieza tiene un final, siempre, el indicio comenzó un día con los

gritos alarmantes de su amante que provenían del fondo. Asustada fue como una

autómata hasta el galpón, y vio ante sus ojos a Lanita, la oveja androide en el fondo

sobre el pasto seco y el aserrín, con un aspecto espantoso, con los ojos abiertos de

cristal tan inocentes como los de su novio. Los labios pintados grotescamente con su

lápiz labial. Estaba tiesa, con las cuatro patas apuntando hacia el techo, seguramente

el contacto con la sustancia del labial le había producido un electro circuito. El hombre

se largó a llorar desconsoladamente. La mujer vestida con un traje ampuloso, con las

manos en las caderas, desconcertada le dijo:

—Siempre pagan los justos.

—¿Y ahora que ?

—Creo que no comprendes.

Su novio la miro sorprendido:

—¡Hay que darle sepultura!

—No tengo tiempo ahora. Hay que cocinar, lavar la ropa y preparar la vestimenta para

mañana.

La mujer visiblemente nerviosa dio media vuelta y se marchó hacia la entrada de la

vivienda. Una vez dentro cerró la puerta con llave.

No tardaron en sonar los golpes de su novio en la puerta.

La mujer llenó la valija con algunas cosas porque no tenía suficiente capacidad para

todas ellas. Al encontrar el neccesaire con todos los cosméticos incluidos los lápices

labiales, con furia los tomó y los arrojó a la bolsa de desperdicios. Del cajón donde

guardaba todas las cosas importantes su amante, tomó la tarjeta para poder utilizarla

una vez que estuviera fuera del pueblo. Al rato, otra vez prosiguieron los ruidos en la

puerta.

—¡Escuchame!-le dijo el hombre cuando la mujer le abrió la puerta-¡Este no es modo

de tratarme!

—¡Mis pisos limpios!¡Fuera!¡Tenes los zapatos sucios!

—¡No es hora de preocuparse por nimiedades mujer! Y miro fijamente a la mujer

como si de repente se hubiera vuelto loca.

Afuera, brillaban intensamente en toda su blancura las dos lunas del país que había

ganado la guerra hacía ya un sinfín de años. La luz irradiaba dándole un tono sobrena-

tural a la ciudad que ya entraba lentamente en la monotonía de la vuelta a casa de los

trabajadores.

—¡Anda a limpiarte! Yo tengo que ir a comprar el polvo blanco para las presas antes de

que cierren los negocios y no pueda circular libremente.

El hombre lanzó como un improperio, pero se dirigió al cuarto de baño. La mujer rá-

pida y sigilosa como una serpiente, tomó el bolso y sin hacer demasiado ruido abrió

la puerta.

Más tarde, cuando toda la ciudad dormía en el lento sueño de la ciudad, la mujer del

iris como de oro líquido, sentada en la cama del hotel más caro de la ciudad bebía un

sorbo de vino del mar, musitó sin que nadie pudiese escucharla: -Perder algo siempre

duele. ¿Sin embargo para que llorar si la leche derramada no se puede volver a recupe-

rar? Nunca más voy a volver a buscar un lápiz labial como el que perdí.


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lunes, 13 de septiembre de 2021

LA SEMILLA

 Varias veces cayó la pregunta de lo alto de las nubes como algodón del cielo. Pero ella  

no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta una 

larga hilera de toses que no la dejaban casi ni respirar. Ya habían descendido las tejas, 

cubriendo las plantas y la parte de piedra laja con el nylon negro. Arriba,  de entre los 

picos del techo se desprendían pequeños escombros de mampostería, que se 

caían como si fueran mariposas como si no supieran que estaban hechas de cales y de 

yesos. Y por el paisaje que se divisaba detrás de edificios más nuevos mezclados con 

copas de árboles frondosos que iban desdentando la enorme vista del cielo inmen-

samente celeste —despojados de su secreto—nubes como guirnaldas, contornos 

como antifaces y cornetas blanco grisáceas que parecían que colgaban de la inmen-

sidad del cielo dando la idea de que el festejo se había hecho en el cielo. 

  Presenciando el arreglo de la morada, una Deméter con la nariz medio desviada hacia 

la derecha y el pelo desvaído de lo que, en un estado anterior debió haber sido la forma 

del ondulado mota, marrón veteado de canas doradas , se erguía en el escalón que da-

ba hacia la otra casa, la de abajo. 

  Vestidos por el sol en horas de sombra, los pequeños colibríes del árbol se alimenta-

ban  del agua densa y tibia que daba el bebedero colocado en la baranda de la escalera 

mirando con el ojo avispado a  aquellos obreros, que con turbantes de tela sobre sus  

cabezas, iban modelando el techo angular de la casa.  

  La mujer se había sentado en la parecita rodeada de la reja con la barbilla reposando  

en su pecho, miraba el subir y bajar de los baldes en que viajaban residuos  de material 

del tejado. Oíanse, en sonido desafiante y molesto al oído que provenía de la calle cen- 

tral de la ciudad  mientras, arriba, en el tilo que arreciaba con despuntar sus flores, 

sobre las ramas, los  gorjeos de aves que pertenecían al pichón, de la familia Columbi-

dae sonaban en todo su esplendor. 

  Entonces uno de los obreros, que no se había movido durante la quita de los 

escombros por parte de sus otros compañeros, hizo gestos extraños, de espal-

das a la mujer que se hallaba como descansando en la parecita, volteo su collar 

de cuentas con una extraña cruz dorada sobre el frente de la amplia casa.

    Los tejas nuevas color ladrillo volaron al techo, adornando lo alto. Las piedras lajas      

  fueron a cerrar los boquetes de la superficie del piso sin hacer. Los tirantes de ma- 

  dera fueron claveteados en sus orificios ya marcados, mientras los tornillos para las 

  tejas volvían a hundirse en sus respectivos agujeros, con rápida rotación. En los 

  canteros muertos, removida  la tierra hacia días fueron corriendo las flores contentas  

  de estar todas juntas en hilera dispuesta, las tejas rotas fueron en sonoro torbellino 

  directo a caer en la bolsa de escombros.

  La casa revivió, traída nuevamente a sus proporciones habituales, esplendorosa co-

mo lo había sido en su comienzo.  

  La Deméter también pareció revivir. Hubo más belleza en la morada. Y el mur- 

mullo de los pajaritos cantando  llamó a recuerdos olvidados.

  El obrero más viejo de todos también ataviado  con un pañuelo blanco puesto 

como un turbante  alzó la cruz de su collar en lo alto de la puerta principal de 

reja, y comenzó a invocar suavemente una letanía de códigos. Sus palabras 

sonaron a profundo. Cuando paro de decir la letanía un estremecimiento corrió 

por los cuerpos  de los obreros, y gentes vestidas de túnicas blancas murmuraron 

en todos los rincones de la ciudad, al compás de canciones ancestrales antiguas. 

  La mujer que se hallaba sentada con su barbilla hundida en su pecho brusca-

mente levantó su cabeza como impulsada por algo. Era el atardecer. Miro la hora 

en su celular, acababan de dar las seis de la tarde. 

—¿Quién soy?-se preguntó. Entonces, le respondió al fin al cielo: —Soy todas las 

almas que fui antes ahora integradas en una sola.  


                                                                    



miércoles, 4 de agosto de 2021

EL MIEDO

 



Estás sola en esto sí, es verdad, como mujer madura que sos. Sí, antes no estabas igual. Nadie estaba igual, pero más malo por conocido que bueno por conocer, ya sabes que no es lo mejor. Por algo te separaste. No me puede pasar nada, estas tranquila. ¿Estoy tranquila? Por favor, que me llamen de una vez. ¿No es mucho pedir? Quizás, para ellos, que son los que están del otro lado, todo es más fácil. Es como decir que están del otro lado del mostrador, nada más que yo no estoy comprando nada. Solo estoy esperando. ¿Pero cuantos minutos van ya? Estuviste cuanto tiempo aguantándote el dolor, más toda la porquería de antibióticos que te hincha la panza como un globo. Vos ya llevas veinticinco días esperando que te atiendan por que no podes pagar un profesional privado. No tenés la culpa. ¿Culpa de qué? Culpa de ser demasiado descuidada. Se me paso. ¿Acaso no estábamos todos muertos de miedo de contagiarnos el maldi- to bicho? No lo nombres. Lo que tenés vos es peor que el bicho innombrable. Por lo menos ese dicen que dura catorce días, algunos tienen la suerte de que les dure menos. Otros tienen la desgracia de pasar al otro plano. No pienses. No voy a pensar en nada. Si pudiera pensar en otra cosa sentada en este sillón viejo de cuerina negro, parece que lo sacaron de un local del Ejército de Salvación. Voy a pensar en otra cosa. ¿Por qué no me pueden llamar ahora? ¿Por qué están llamando a los otros? Pregunta tonta, por que llegaste más tarde que los demás. Uno, dos, tres, cuatro. Van llamando de a tandas. ¿Y a mí para cuándo? Es cuestión de esperar. Después, vas a mirar el cielo raso, con la mirada fija, y te vas a decir que no te va a pasar nada. Parece de lujo el lugar. —¡Goncalvez!-me llaman. —¡Póngase la cofia! —¿Por qué me tengo que poner una cofia? —¡Ahora tiene que ponerse el delantal!-ahora me lo ordenan pero es una voz que sale de un altoparlante. Tomo el delantal que está en una mesa que es de acrílico cuya transparencia acopia como un espejo las imágenes circundantes. No tengo que ver, pero estoy viendo que todos los demás tienen como una goma de color verde, con unos ganchitos de metal insertados, que sale de la boca. Son androides, por sus movimientos autómatas, a pesar de que tienen todo su cuerpo completo como un humano, pienso con rapidez. Y yo estoy bien como si fuera lo más normal del mundo encontrarse en este lugar. No bajes la guardia. No mires más. Va a estar todo bien. Ya no hay más amenaza, estas en buenas manos. Desde la ventana con la cortina de plástico entreabierta busco algo que parezca normal entre tanta extrañeza; no se ve nada más allá del trozo de vidrio, abajo hay más pisos, no recuerdo si este es el cuarto o el décimo piso. Más allá, se divisaba el techo de una casa de dos pisos, todo cubierto de tejas coloniales, con ventanas de vidrios coloreados: azules y verdes. Alguno que otro árbol frondoso inundaba de verde el paisaje; aves con el pecho pintado de naranja y lomo verdoso se posaban en las ramas como prófugos de algo. La máscara esta tirada en el piso como si aquí adentro no circulara más el agente patógeno que nos puso en vilo a todos los humanos. —Espere en la fila y siga las indicaciones-otra vez la voz sin tono que sale del altoparlante. Un cuartito de un metro y medio por un metro y medio posee una silla que no sé por qué, me recuerda al asiento al que arrojan a los acusados de cadena perpetua en el país del Norte. Ahora, me ponen un chaleco que parece de fuerza. Estate tranquila. No sé por qué tanto cuidado si la única amenaza soy yo para conmigo misma. Maldita silla que es más incómoda que asiento de tren. —Siéntese ahí-otra vez la voz que ordena. ¿Me irán a hacer daño? Vamos por favor, apúrense. No sé qué es este lugar, no es el que me indicaron hace unos meses. Supuestamente, tiene buena reputación. Recuerdo el pedacito de plástico como un residuo, que en algún momento fue gas o líquido, para después ser solidez en la forma, y más tarde con el mismo descuido tuyo ser no funcional para tus dientes. Un androide con aspecto de ser mujer, también ataviada con el delantal transparente y la cofia le dice al otro androide, que me está atendiendo: —¿Cómo va todo? —¡Normal! ¡Aunque está costando! —¿Hay suficiente anestesia? —Sí. A mí nadie me aviso que me iban a atender estos robots con apariencia humana. Voy a arrancarme este delantal extraño y se lo voy a arrojar por la cabeza al androide que me está atendiendo. No, no debo hacerlo, se supone que saben. Son eficientes. No tengo que ponerme histérica. Lo único que falta es que llamen a un nosocomio. ¿Por qué siempre soy yo la que debe pasar por un infierno?
Otra vez cuando afuera, en la ciudad hay pestilencia, máscaras que se mezclan con el miedo, carritos de cartoneros por todas partes que deambulan como hormigas, soledades se abren quizás, al derrumbe interior, aquí dentro pareciera que entre la rapidez entra la calma; y otra vez me toman del brazo, como una lady voy, aunque en tu boca pugna por salir la bronca, la mugre que les pertenece también a todas tus ancestras, que callaron por que las hicieron callar. Me gustaría poder tirarlo y que ruede por el suelo como los muñequitos con los que jugaba de chica. ¿Lloraran? ¿Se quejaran? Me gustaría que pase un infierno como el que yo estoy pasando. El furor de ellas quedó atrapado en el instante en que alguna saltó a las vías, en los hijos no nacidos, en los cuerpos donde las larvas ya transmutaron a especies indefinibles, también quizás, en mi mandíbula que no muerde ni las palabras; en los secretos que se ocultan no hay lugar para ser desaforada, tal vez, por eso es consecuencia que mi boca esta siempre en carne viva. Ahora también está en carne viva mi boca, pero no veo nada, solo una especie de aguja que entra y sale de la misma con la rapidez que maneja el brazo del androide. Tengo en el cuerpo más anestesia que la que puede soportar un caballo. Cinco tubitos de anestesia vi pasar delante de mi mirada. Por eso no grito, por eso no salgo corriendo de acá. Entonces, escuchó decir, con voz atónita, al androide que me atiende con sus órbitas oculares que me dan miedo, que dirige su mirada desconcertada de la placa a mi boca abierta: —Falta en la parte inferior izquierda, la muela, pieza dentaria número 38.


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viernes, 25 de junio de 2021

El jardín

 

 

 

Aquel día, en que entré por primera vez en la casa, tropecé con unos diarios y rompí sin que-

rer el florero que llevaba flores secas. Herminia la empleada recogió religiosamente los peda-

zos del florero roto, sin decir nada  y los tiro al tacho de basura.  Como al pasar, cuando paso al

lado mío me dijo en voz baja como si tuviera miedo de que alguien más pudiera escucharla:

-Acá siempre pasan cosas raras.

   La casa estaba llena de tarjetas, de telegramas, de flores y de plantas, objetos de decoración  

caros (como para hacerle agradable la vista) que las amigas le habían mandado.   

—Sólo un niño bien recibe tantos regalos, comentaba una de las visitas, que era envidiosa de  

todo lo que le pasaba a la señora tanto lo bueno como lo malo-me dijo con tono respetuoso

Herminia mientras me conducía a la habitación de la patrona.

  La señora se encontraba reposando en su cama. No me vio así que pude observar con detalle

todo el mobiliario que tenía su cuarto. Me pareció muy recargado para la época en que se es-

taba viviendo, pero como portaba un apellido importante deduje que la cantidad de objetos

era normal.  

  Después de dar un resoplido parecido al de una vaca la señora se despertó y me  miro con una

expresión taciturna, que hacia juego con la papada flácida que tenía. Con voz asombrosamente

gruesa dijo:

-¿Usted quién es y que hace en mi cuarto?

-Soy la enfermera que usted contrató. Me llamo Catalina.

-Entonces haga su trabajo que para eso le pagan. ¿Dónde está Herminia? Llámela!  ¡Qué ne- 

cesito que me traiga uno de los regalos que me trajo una de mis amigas!

-¿Cuál es ese regalo?  ¿Se acuerda de cual es?    

-¡Claro que sí! ¡Cómo no me voy acordar!¡Estoy lisiada pero tengo buena memoria! ¡Necesito

que me traiga el cofre de bronce que me regalo Tania!¡Hágame el favor de llamarla!

-Sí, señora. Ya la llamo-le contesté y corrí a buscar a la criada.

La encontré limpiando la ventana del enorme comedor con un trapo y un limpiavidrios

haciendo un esfuerzo que no era propio de su edad.  

-¡Señora Herminia! ¡La señora quiere que le lleve el regalo que le obsequio Tania!  ¿Quie-

re que se lo alcance yo?

-No, déjeme a mí. La señora es muy estricta con la función que cumple cada uno-me respon-

dio dejando los utensilios sobre el borde de la ventana  y rápidamente tomo una caja envuelta

en papel madera en cuya tapa se veía una inscripción de un triángulo con un ojo dentro.

Me quedé mirando maravillada el jardín que se desplegaba ante mi vista. Gardenias, algunos

malvones de varios colores, ligustros enanos y rosales con rosas blancas y marfiles hacían un

espectáculo maravilloso y digno de apreciar. De golpe, toda la armonía del paisaje natural se

rompió al entrar en él una figura un tanto grotesca. Un hombre con la forma de su cabeza

ovoide y muy alto vestido con un mameluco azul pasaba llevando lo que parecía ser una

máquina de cortar pasto, pero que, sin embargo,  no hacia ruido. Me pregunté si realmente

la máquina estaría cortando el césped o si la tecnología había avanzado tanto que los arte-

factos no generaban sonido alguno.  El hombre siguió cortando el pasto hasta que el sol  

dejo de darle sobre su cuerpo.  Para mi asombro el jardinero nunca dejo de dar la espalda a la

ventana. La voz de Herminia me distrajo de la vista al jardín.

-Señorita. ¿Todavía esta acá? Vaya a cuidar a la señora que se encuentra muy agitada.

-Dígame, ¿Quién es ese hombre?  –y le señale al hombre vestido con el mameluco azul.

-Es el jardinero señorita Catalina. ¿Quién va a ser sino?

-Es que-iba a terminar pero Herminia me interrumpió diciendo:

-¡Ya sé que es raro pero tampoco es un monstruo!

-¡Yo no dije que fuera un monstruo!

-¡Pero lo pensó! ¡Vaya a cuidar a la señora que después se la agarra conmigo!

-Sí, Herminia. Ya voy.

 A veces no me doy cuenta con quien estoy hablando. Solo cuando voy a la casa de una se-

ñora no me contengo y hablo como una criada. Debe ser porque en mi casa no soy  criada de

nadie.  Pero ahora no era como en la época de su abuela en que las enfermeras gozaban de

cierta jerarquía. Había que llevarles la corriente a las pacientes por que en si eran las que pa-

gaban. Eso era lo primero que nos decían en la agencia cuando teníamos  la suerte de ser

contratadas.

Para sacudirme los pensamientos me froté rápido las manos y entré sigilosa al cuarto de la se-

ñora.

Ella se hallaba cómodamente sentada con un almohadón puesto detrás de su espalda y tenía 

un cofre de bronce en sus manos. La señora estaba como embobada y no se dio cuenta de

que alguien había entrado. Al fin, levantó la vista del cofre y me habló:

-¿Qué hace sentada como una marmota en la silla sin hacer nada? ¿Qué hora es? ¡Ayúdeme

a colocar el almohadón en la espalda que se me movió! ¿Qué pastillas tengo que tomar a es-

ta hora?

Me levanté y le acomodé el almohadón sobre la espalda mientras la señora resoplaba trabajo-

samente, pero por suerte no decía nada. Tomé el organizador de pastillas que se encontraba

sobre la mesita de luz y saqué la pastilla rosa que le calmaba los dolores de espalda. La seño-

ra se hallaba bien dispuesta y cuando le di el vaso con agua para que tomara la pastilla sonrió

con expresión risueña y dijo:

-Esta es la pastilla que más me gusta. ¿Sabe por qué?

-No, señora, no tengo ni idea.

-Porque entonces yo me calmo y vienen unos sujetos extraños que me toman de la mano y me

llevan a otra dimensión. ¡Ni te podes imaginar la paz que hay en ella!¡Yo puedo caminar y bai-

lar como cuando era joven!¡Lástima que mi marido no está allí para verme! Pero no me puedo

quejar, verdad?

A esta altura no sabía si seguirle la corriente o cortarle la conversación. Era obvio que la señora

presentaba un cuadro de arteriosclerosis o quizá presentaba signos tempranos de demencia 

senil. En cualquiera de los dos casos la que manejaba la situación era la persona que estaba

a cargo. Herminia no me había dicho nada al respecto, pero muchas veces el cuadro del  

paciente se manipula para que la profesional no huya despavorida. A mí no me quedaba otra

que seguir con el trabajo. Inhale lo más profundo que pude y le dije:

-¿Quiere que le acomode de vuelta el almohadón señora? Veo desde acá que se le movió otra

vez.

-¡Claro que si Catalina! ¡Voy a estar más cómoda a la hora de reunirme con ellos!-contesto con

una sonrisa risueña.

La dueña de la casa lentamente entró en el sopor del sueño. 

  La atmósfera de la habitación, a esa hora en que entraba todo el sol del verano,  propiciaba

que la modorra me agarrara a mí también aunque no quisiese dormirme.  Entre a dar cabeza-

sos y pude ver el espectáculo que se desplegaba ante mis atónitos ojos. Unas siluetas de forma

parecida a la del jardinero bailaban una especie de danza entre armónica y grotesca en el jar-

dín de la casa. La atmósfera caliente que se respiraba en la habitación (no entiendo por qué no

hay un aire acondicionado con todo el mobiliario de lujo que existe en la casa) hace que al final

me duerma del todo.

  Cuando me desperté, vi que la señora se hallaba despierta y  tenía una robe de chambre azul

con pieles blancas y la cara llena de crema  que  Herminia cuidadosamente le retiraba con un

algodón húmedo.  Mire el reloj de la pared y para mi asombro solo habían pasado una media

hora desde que la señora se había dormido y a mi me había agarrado la modorra.

Una vez que Herminia terminó con el aseo del rostro de la señora me hizo una seña de que

saliera de la habitación.  Con voz cansada, la criada me dijo: 

-La señora se encuentra ya aseada. Solo tiene que vigilarla y darle la medicación.

-Yo se asearla. ¿Esa tarea no me correspondería hacerla a mi

-No. Porque la señora no le tiene confianza a las enfermeras. Hace rato, que desde el incidente

en el que la enfermera no le dio la medicación de la tarde, la pastilla rosa, muchas enfermeras

han pasado por su puesto. Por ello es que la señora no quiere que el aseo se lo realice la enfer-

mera de turno.

-Está bien Herminia. Ya he entendido todo.

  Volví al cuarto de la señora, un poco sumisa por lo que me había dicho la empleada y pensé

que tenía que hacer caso pues no estaba en posición de rebelarme. La señora ya estaba dan-

do cabezazos y la atmósfera de agobiante calor que había en la pieza hizo que a mí también

me agarrara la modorra y me dormí.

  Cuando me desperté vi que la cama de la señora estaba vacía. Con una sensación de alarma

en la boca del estómago me levanté y corrí hacia el comedor a la vez que llamaba a Hermi-

nia. Extrañamente, nadie acudió al llamado. Reiteré el llamado, esta vez en tono más fuer-

te y tampoco acuse recibo. Pensé que lo más lógico sería dar parte de la situación a la poli-

cia. Fui hasta donde estaba el teléfono y cuando coloque el tubo sobre su oreja, escuché que

gracias a Dios, tenía tono. Marqué el número de la policía y me atendió una voz femenina.

-Hola, en que puedo ayudar

-Estoy en la dirección Rosales 186, en el barrio de Mornal. Soy la enfermera y de repente

la señora que estaba cuidando desapareció. El personal de servicio, una señora llamada  

Herminia también desapareció de la casa. Por eso llamo. 

  Para mi asombro la persona que me había atendido me cortó. Exasperada colgué el tubo

del teléfono.  Me acerqué a la ventana que daba al jardín y para mi sorpresa  vi que el jardín      

estaba lleno de personas desconocidas. Me quedé mirando por la ventana lo que fueron mi-

nutos ya que nadie de afuera parecía verme  y mi voz que parecía llegar desde la angustia

dijo: Algo voy a tener que hacer, o me quedo eternamente  observando todo o me animo

a entrar. Entonces, tome valor, despaciosamente camine hacia el jardín y me encontré con la

señora que se hallaba de pie y que al verme me dirigió una sonrisa luminosa como dándome la

bienvenida. No pude ni articular palabra para preguntarle cómo era que ahora podía caminar

siendo que la conocí postrada en su cama. Pero eso no fue lo único extraño; mis ojos asombra-

dos vieron a varios sujetos altos como de la misma altura que la del jardinero, con una gran

cabeza ovoide, con ojos grandes y ovalados totalmente negros, sin la esclerótica blanca propia

de los humanos, que bailaban una danza grotesca y a la vez perfectamente armónica entre los

concurrentes.  De repente, sentí  que alguien me tomaba del brazo. Era Herminia que me

sonreía y me invitaba a bailar como todos ellos. Con una sensación de paz que me inundaba el

pecho abrí los brazos, moví un pie, moví el otro y entré al jardín  rodeada por la luz que me

daba paz.

   

                                                             


     

 

Registro Nacional del Autor PV 2019-91715904-APN-DNDA#MJ 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


lunes, 14 de junio de 2021

LA ENREDADERA

  

Había estado leyendo el archivo de un libro muy antiguo que le había mandado una señora europea muy versada en historia antigua. Creía que la historia no había llegado por casualidad, sino que era como la tan usada frase “no hay casualidades sino causalidades”. Sin embargo, no lograba entender o descifrar cuál era el sentido de haber llegado a ella.  El archivo no era tan común, ni gozaba de prestigio en la comunidad científica; pero la difusión se daba sin motivo aparente, según le había comentado Agnes, la señora europea, la que le había mandado el archivo. Entre la dicha y la curiosidad se había largado a leer la historia que era bastante fantasiosa de por sí. En el transcurso de la civilización sumeria una raza extraterrestre se implantó y, a través de cruzas genéticas, dio paso a la creación de otra raza; esta vez, humanoide. No obstante, estos últimos al pelear con otra raza alienígena, fueron extinguidos. 

Esa tarde Tiziano debía dar las clases habituales a su alumna; pensó que ya era hora de preparar la clase mientras cerraba el archivo y su mente ya cansada imaginaba cómo sería estar frente a una nave espacial.                           

Luego, el hombre absorbido por la tarea de enseñar no se dió cuenta de nada de lo que le pasaba a su alumna. Hasta que de la boca presumida de la chica salió un grito.

—¿Qué sucede? —le preguntó el hombre, de repente desconcentrado en su discurso.

—¡Hay un hombre afuera, en el jardín, Señor Tiziano!

—¡No puede ser! —gritó el profesor.

La muchacha lanzó un grito parada a la silla. Tiziano con rapidez fue hacia la ventana y corrió las cortinas blancas. Se quedó unos segundos, expectante, mirando con seriedad el jardín en el que se veía a un hombre vestido con un mameluco azul, que sostenía un bolso del cual comenzó a sacar herramientas.

Y entonces llegó a él el recuerdo. Volando en el aire que le dejaba el olor dulzón de la enredadera, mezclado con las imágenes difusas, aquellas imágenes que, por alguna razón, le volvían a la mente desconectándolo de la realidad.

Era en el recuerdo, un muchachito pequeño de tez pecosa que usaba las bermudas que le había regalado su madrina. Había un sol resplandeciente que brillaba en lo alto; lograba que los árboles sacaran todo el olor de su savia a borbotones.

La ciudad estaba quieta; era domingo. Él estaba en el patio de la casa y había calas blancas que, según su tía Dora, adornaban la pared de cemento sin pintar. Todo parecía intenso; parecía una fotografía sacada en la Polaroid que usaba el marido de su madrina.

Su prima Graciana se hallaba balanceándose en la hamaca tan fuerte que tenía las mejillas arreboladas. Lo llamó, le dijo que la ayudara a parar el balanceo de la hamaca. La hamaca era demasiado pesada, la cadena fuerte y bien amarrada a la escalera de hierro, y Graciana pesaba lo suyo. Cuando había intentado tomar la cadena, Graciana se había largado de la hamaca y termino golpeándose en la parte baja de la cadera. En un segundo, la muchacha se encontraba tirada en el suelo. Gritaba como si la estuvieran matando. Era un sonido tan agudo que le hacía doler los oídos. Vio una sombra roja y turquesa: el cuerpo de su madrina, que llegaba para socorrer a su hija. Una imagen aún más extraña lo descolocó: los animales eran muchísimo más grandes que su tamaño normal, como felinos gigantescos, erguidos en sus patas cortas, tronco largo; sus cuerpos estaban cubiertos por un suave pelaje de color marrón dorado y sus ojos azules con las pupilas verticales. Lo más llamativo de ellos era un color blanco que salía de sus bigotes y envolvía la escena como un humo.

Mientras trataba de zafarse del golpe que le daba su madrina en la cara, pudo ver por un momento que aquel humo llegaba hasta ellos y lo envolvía; de algún modo, lo protegía de la violencia, de la bronca de su madrina dirigida contra él.

Un fuerte estruendo lo obligó a volver a la realidad. La ventana se había abierto de par en par por un fuerte viento. La luz diurna de forma repentina se había oscurecido. Un relámpago iluminó el comedor y vio a través de la ventana abierta la escena en la que un hombre vestido con un mameluco azul y con una variedad de herramientas tiradas a su alrededor, se encontraba observando la ventana de forma amenazadora con una tenaza en la mano.

Una sombra esparcida sobre el césped permitía deducir las cabezas de varios leones rugiendo; sin embargo, los dueños de la sombra eran seres bípedos de más de cuatro metros de altura, los mismos felinos que en su adolescencia lo habían salvado de la coacción de su madrina, y que se habían trepado sigilosos como felinos que eran, por la reja que tenía la enredadera que daba un olor dulzón.

De pronto, la alumna tomó su bolso y colocó sus útiles escolares dentro. Casi a saltos, rápido, se dirigió hacia la puerta principal. Tiziano corrió detrás de ella al ver que la chica podría meterse en un lío al salir al jardín.


                                                


En el césped fue visto un cuerpo vestido con un mameluco azul, la ropa como si hubiese sido rota a dentelladas; la sangre que se vertía en lo verde del césped daba a la escena una iluminación extraña producto, quizás, de la repentina falta de luz en el lugar.

En el cielo, Tiziano y su alumna vieron un objeto no identificado de 12 metros de diámetro que parecía saltar de forma errática; dentro de él, estaban los felinos enormes, de más de cuatro metros de altura, con sus crines doradas flameando con el viento. En sus caras se dibujaba una sonrisa como una mueca en vez del humo blanco, que se despedía de sus bigotes. Se iban alejando cada vez más de sus miradas, a medida que se iban perdiendo en las nubes del cielo.

miércoles, 2 de junio de 2021

LA PERSECUCIÓN

 El sol fue cambiado por otro mucho más grande. Los polos de cada extremo del globo terráqueo fueron derretidos; los océanos han aumentado su caudal de agua, las costas han dejado de ser lo que eran y las grandes olas literalmente se han comido las ciudades hasta varios miles de kilómetros hasta que, de un día para el otro, sus habitantes fueron pereciendo lentamente. El sonido del mar fue golpeado sobre la arena, sobre los acantilados y la mañana fue vista por el ojo somnoliento. Las huellas han caminado como furiosas en una marejada después de ser el ojo despierto.  Sin embargo, el que fue perseguido como una sombra gana la persecución en rápidez. Mas la sombra fue buscada hasta que el cansancio de los pies sobre la arena se derrumbó. Una piedra de la costa fue intuida como un arma.  El cielo fue pintado como el carbón, pero el calor no fue descendido;  fueron traslúcidos de vez en cuando, destellos fosforescentes verdosos. La piedra marina fue sacudida en el aire como un intento. Fue aprovechada la luz para arrojar la piedra marina hacia adelante.  De golpe, la oscuridad ha emergido como una gran boca de lobo en el lugar. Se ha oído un golpe seco. Lo rojo de los hilos de sangre en la cabeza se esparcen como enredaderas en la arena. No fue escuchado ruido atronador en el cielo que no es más cielo sin sus estrellas, dos rayos de luz verde fosforescente se han adentrado. Joaquín Quintana fue quitado de este mundo. No se ha escuchado más nada. 


                                           


               

miércoles, 19 de mayo de 2021

MI MARIPOSA

 

 

Mi amiga Lai me dijo una vez : –En la ventana de la casa brillaba esa luz diáfana que a veces y de un modo fugaz anticipa, en enero, el mes de marzo. Sientes como yo la presencia penetrante de la humedad; se extiende, penetra en todos los objetos, en las flores, en los árboles de todos los jardines, en nuestros rostros y en nuestro pelo, que se pega como la viscosidad de los moluscos. Esta sonoridad, esta frescura húmeda que sólo hay en las grutas, hace dos meses, entró en mi cuarto, trayendo en sus pliegues azules y verdes, algo más que el aire y que el espectáculo diario de un pueblo cansado por la guerra. Trajo una mariposa amarilla con nervaduras rojas y negras. Tan impensada como lo sería una paloma blanca en medio del fuego de la artillería. Pero el asombro en una época signada por el hartazgo que sume a los habitantes es una piedra preciosa, que debe ser conservada hasta burlando a la muerte. Me acerqué, tratando de no proyectar una sombra sobre ella y que soltara sus alas hacia el firmamento. Para mi sorpresa voló, hasta posarse en el extremo de un libro. Me acerqué sigilosa y pude apresar sus alas entre mis dedos delicados. Pensé: "Tendría que soltarla, ¿ Quién sabe si tiene familia?. Si su pareja macho la espera en lo frondoso de un árbol “. Pensé: "No es mía, no puedo apro- piarme de ella para domesticarla como una mascota “. Sobre la mesita de luz había un frasco de mermelada vacío y limpio, lo tomé, lo abrí y con la velocidad de un rayo capturé a la mariposa que entró como un rehén predispuesto a vivir una vida sin libertad. Luego con un cuchillo bien afilado le hice tres agujeros en la tapa para que la mariposa que abría y cerraba las alas como siguiendo el ritmo de mi respiración, pudiese respirar en su celda. Me quedé dormitando en la cama mientras observaba de a ratos, cuando mi respiración se inquietaba y mis ojos daban cuenta de que me hallaba en el mismo mundo de siempre, a la mariposa que no parecía quieta o al menos eso me parecía, pues sus alas batían como un suave aleteo. Ya era la hora, de ir a escuchar la misa de las siete de la tarde. No quería llegar tarde como siempre y soportar la mirada de los fieles como una espada, que te inserta la culpa. Me cambié el vestido en un santiamén y antes de salir de la pieza, tomé el frasco para observar mejor al insecto. Ella batía sus alas como queriendo retener el aire exiguo del frasco. Entonces, me dio lastima lo que había hecho con ella. Pero algo me decía que debía retenerla todavía en su celda. Deposité el frasco de donde lo había tomado, salí corriendo de la casa como si al hacerlo pudiese deshacerme de la atmósfera de agobio. Una vez ya llegada a la iglesia sentí algo de alivio. Esta vez, había llegado temprano y me pareció que, hasta el mismo Cristo me saludaba desde su madero. Al tiempo largo de que el párroco dio la misa con sus respectivos responsos, una atmósfera de sopor me invadió, sin embargo, a través de la pesadez que se respiraba en el ambiente, pude escuchar la voz cavernosa del cura diciendo: -Hay personas que inmediatamente son castigadas o recompensadas; hay otras cuyas recompensas y castigos tardan tanto en llegar que no las alcanzan sino en los hijos o en los nietos. Por eso, hemos visto morir a jóvenes cuyas culpas no parecían merecer un castigo tan severo, pero esas culpas se agravaban con los crímenes que habían cometido sus antepasados. A esta carga de la que algunos seres humanos no puede sustraerse, se le llama maldición. No sé por qué, pero lo dicho por el párroco caló hondo en mi psiquis. Era casi la noche, cuando volví, tratando de esquivar el vuelo de dos aviones que parecían bombarderos. Busqué los arboles como refugio, situada frente a la inmensidad del silencio del bosque, sentada sobre un montón de hojas caídas. Busqué vanamente entender el sentido de la frase dicha por el cura; hasta que a mí me mente se le ocurrió pensar que el rey Eduardo, que vivió bajo la dinastía de los Kapung, un día construyó un puente con enormes maderas para que el ejército enemigo al cruzar el río pereciera bajo sus aguas turbulentas que desembocaban en el mar, y obtuviera la victoria de su primera batalla durante su reinado. ¿Entonces que obtuvo por tan oscuro crimen hecho casi en masa? Obviamente, el triunfo de su reinado sobre sus enemigos. ¿Se podría relacionar que la nación estaba pagando sus consecuencias por el accionar del rey ? ¿Hasta dónde se puede delimitar que el mal por defensa del territorio no sea un hecho que deba ser castigado por Dios, aunque no este escrito en la Santa Biblia ? Cuando mis manos se juntaron para orar, mis pensamientos urdían lo posible dentro de un territorio que seguía siendo bombardeado por fuerzas contrarias a la nación, mientras mis labios se juntaban de lo tan obcecada que estaba, mis dedos me pare-cían que tocaban las alas de la mariposa que había encerrado en un frasco de vidrio. ¿Cómo insectos lepidópteros que eran las mariposas, todavía seguiría viviendo en el exiguo aire de su celda? Cuando los aviones dejaron de pasar con su lenta letanía de muerte como sonaba a mis oídos, me levanté y corrí debajo de los árboles del bosque, hasta que me detuve para respirar el olor de las flores. Durante el camino hacia la casa, caminé con las piernas ya exhaustas. Al entrar a mi cuarto la vi; parecía una flor resplandeciente. Brillantes las alas, encandilaban su alrededor. Ese cuerpo, liviano, entero había sobrevivido a la falta de aire de su celda. La miré con asombro. Me sentí aliviada. Quien sabe cuántas almas afuera habían perecido a causa de las bombas. Durante la comida intenté conversaciones sobre la guerra, con los compañeros de mesa. Nadie se interesaba en estas cuestiones, salvo una señora que me dijo: "A veces me pregunto cuánto viviremos como especie. ¡Somos tan frágiles! Y he oído decir que en una época remota la nación emigró a distancias prodigiosas. El año pasado hubo una verdadera emigración en masa que se hizo en barcos. ¡No sé sabe cuántos han llegado a la otra orilla! ¡Todo se tapa y se tergiversa ! Al terminar la conversación como sentía cansada la vista, me fui a caminar, ya que por lo menos sentiría el aire fresco nocturno. Estirada como estaba en el césped, vi un cielo ya celeste oscuro curiosamente cubierto de nubes que formaban como cuerpos de mariposas. Debían ser cerca de las nueve de la noche, caminé hasta la casa donde seguramente los demás debían haberse cobijado en el sótano, proyectando el sueño hacia el alerta. Buscando siempre como huir de la muerte, arranqué un trébol, el más grande que vi al lado del tronco de un árbol y en aquel momento, pensé al ver el fuego que parecía estallar a unos metros del campo, que mi visión del mundo se estaba transformando y que muy pronto mi piel, mi pelo, mi cuerpo, y hasta el cielo se cubriría de ese mismo fuego y entonces –fue como el relámpago de una esperanza– deseé que la maldición de la guerra a la que estábamos librados los habitantes de la nación, por ser súbditos del Rey Eduardo, no surtiese su efecto nunca mas. El terror se apoderó de mí como si no me perteneciera a mi misma, como si ya no pudiera defenderme de los ataques omnipotentes de la guerra. Trataba de sostenerme en los dos pies. Apenas podía respirar. Sentía que todo alrededor de mi estaba perdiendo su forma. Afortunadamente, yo sentí la presencia del trébol dentro de mi mano que seguía latiendo como si no hubiera sido arrancado nunca de su seno. Inhalé lo más que pude el aire repentinamente enrarecido por el estallido de las bombas y corrí durante un tiempo que me pareció cinco años, hasta llegar a la casa. La señora con la que había hablado la noche anterior estaba esperándome en el porshe con expresión atribulada. -¡Son las nueve de la noche! ¡Los bombardeos no cesan! ¡Hay que refugiarse en el sótano! No le hice caso. Y disparé hacia mi habitación, al ser iluminada repentinamente por una revelación. Apenas entre la vi, no vi una mariposa común; vi un pequeño monstruo. Vi un insecto mortal –como una noche oscura en la que pernocta la muerte– con cuatro alas amarillas, surcada por líneas negras y rojas; un cuerpecito que se agrandaba cada vez más a medida que caían las bombas. Me imaginé ese monstruo, de apariencia frágil, volando, inexorable hacia otros confines. No podía dejar que eso sucediese. Tomé el frasco y lo destapé. En la dorada claridad de la luna atravesada por el fuego que se vislumbraba en el cuarto, mi mariposa hundió las alas en el aire y se alejaba de la vida; luchaba contra un enemigo, para mí invisible. Yo oía el horrible respirar que hacía en su celda de vidrio. Con un aleteo suave, la mariposa dejó de existir y cayó al fondo del frasco. No sé por qué comenzaron a brotar lágrimas de mis ojos a borbotones. Y me quede tiesa sin darme cuenta, que de improviso habían terminado los bombardeos. Reaccioné tarde, y con ello se me cayó el frasco al suelo que se rompió en pedazos, cuando escuché el vitoreo de los refugiados que se hallaban en el sótano, como anunciando que se había terminado la guerra al romperse la maldición.

                                                                   


                                                 

jueves, 15 de abril de 2021

LA CASA

 

 


Vislumbró los ojos de obsidiana en el cuerpecito gris de los búhos. ¿Vendrían desde

donde ? se preguntó. 

Para que vinieron, justo cuando ella se hallaba sola en esa casa tan grande y oscura

que se le hacía tan extraña a sus ojos por que no se acordaba de nada, y hacia un ra- 

to, un sonido que nunca había escuchado antes, la había despertado de la modorra  

en la que estaba cayendo sin querer. Entonces, de mala gana se había levantado de

la cama, abierto con cuidado la ventana y al girar la cabeza ahí estaban, una banda-

da de búhos que daba vueltas en círculo sobre el tejado haciendo un sonido desagra- 

dable. Uno de los pájaros dejo de volar y se apoyó sobre el alero del techo y para su 

sorpresa la cabeza al búho le giro trescientos sesenta grados. 

Pero el problema no eran los búhos, no el problema era la casa que no tenía escritura.

No  estaba por ningún lado. Al menos, eso le habían dicho en la oficina de tierras, un 

tiempo después de que se había enterado de que había heredado la casa de campo

que pertenecía a su madre. Y ahí se encontraba ella lamentando tener que haber he-

redado una propiedad que encima no tenía dueño. Era la primera vez que tenía mie-

do de estar sola, de encontrarse consigo misma en un lugar que su mente no recorda-

ba. Sentía que estaba obligada a hacer algo con esa casa que a nivel oficial todo indica-

ba, que no le pertenecía. ¿Cómo apropiarse de algo que no le pertenecía?¿Como que-

rer algo que en si no era de ella? 

Los mandatos, claro era un mandato que debía cumplir por ser hija de su madre, y en-

cima no tener ningún hermano como para compartir la problemática. Ni siquiera había

primos para repartirse la herencia que en si era como una nebulosa o como si la ca-

sa o ellos más bien, hubiesen vivido en otro planeta que no fuera la tierra. Un des-

fasaje, eso era lo que pasaba a ciencia cierta.  Entonces había que hacerse cargo de in-

vestigar o por lo menos tratar de averiguar dónde demonios se encontraba la escritu-

ra. Tendría que levantarse de la cama y bajar por las odiosas escaleras que hacían un

sonido que le hacían rechinar los dientes, y revisar cuanto cajón, ropero y hasta el 

cuarto de las herramientas que se encontraba debajo de las escaleras. Pero no, como 

si algo no quisiese que partiera en la investigación, le sobrevino una modorra, que 

logró que entre cabezazo y cabezazo se durmiera.          

“ Debajo de una caja de zapatos, encontraron un caracol o una piedra preciosa. 

Martita  dio un grito y su amiga Nadia, le colocó la mano en su boca, para que se 

callase. Las dos miraron, con asombro el raro objeto. No era ni un caracol, ni una 

piedra preciosa. Era como un objeto artístico, con piedritas de colores pegadas en su 

superficie. Escucharon una voz  desconocida por ellas, que gritaba, que trataba de 

imponerse, a la voz de su madre.  Un golpe seco, como de un objeto, que se había caído 

al suelo, fue el anuncio de una discusión. 

—¿Pero, qué quieres que haga ? ¡ Es demasiado tarde ya!

—¡No nos va a quedar nada a nosotras! ¡La casa nunca fue nuestra!

—¡Yo no tuve la culpa Martha! ¡Fue lo que se asignó!

—¡No soporto, tener que vivir acá con ellos! 

—¡Pero, sino los ves!

—¡Y eso que tiene que ver!  ¡No sabes, cómo se siente la presencia de ellos, las noches

de humedad! ¡Me voy a terminar yendo de acá, sino haces algo!

—¡Está bien! ¡Déjame que me organice y en un tiempo, te aviso, para que puedas 

volver a la casa!

—¡Ojala cumplas, con lo prometido! ¿Esta noche me puedo ir entonces?

—¡Si estas tan molesta, vete hoy con las nenas!

Martita se despierta sobresaltada y ve que son más de las doce de la noche, por los 

tenues rayos de luz, que entran por la cortina entreabierta. En el sueño, había revivido 

la conversación que había mantenido su madre con aquel hombre.  Martita, sintiendo 

un escalofrío, se preguntó: ¿Quiénes eran ellos?¿Cómo era posible que la casa no fuera 

de ellos? Suponía, que la casa, sostenía un secreto, que su madre, se había llevado a la 

tumba. 

No podía creer, que estaba en aquella morada,  en la que había sido feliz en la infancia, 

pero, ahora le producía, una cierta angustia en la boca del estómago,  pero no tanto 

como para que un vértigo, le cerrara los ojos y quisiera largarlo todo. Decidió levantar-

se de la cama, pero se sentía tan cansada y con la mente aun aletargada por el largo 

sueño, que se quedó muy a su pesar sentada en la cama hasta que la modorra le 

sobrevino de vuelta. 

“Escucho una voz fuerte masculina. Abrió suave la puerta, apareció ante mi vista la 

espalda de un hombre,  llevando una lámpara de kerosene en la mano.  Una corriente 

de aire apagó la lámpara.  En el cuarto contiguo una agria voz de mujer, protestaba 

contra la repentina oscuridad. El hombre de la lámpara se dirigió hacia la puerta de 

la habitación. Desde el sótano escuchó las voces que hablaban fuerte.  

—¡Esto fue una masacre!—dijo la voz del hombre. 

—¡Esto fue una masacre! —repitió la voz del hombre, que sonó cortante y áspera como 

si algo le quemara la garganta—todo en esta casa, fue una masacre —.si te queres ir, 

ándate, no te voy a retener como hice con tu madre.

—¡Hiciste mal!

—Sí, ya sé—la voz del hombre, se escuchó, repentinamente humana.

—¡Por culpa tuya, te dejó! Parecías un perro que no tiene dueño, mirando el horizonte

una vez, que el auto de ella , se alejó. ¿Alguna vez pensaste que iba a volver?

—No es bueno, llamar a los muertos, Martha. Deja los recuerdos en paz. 

—¿Cómo queres que dejé los recuerdos en paz? Si ellos, se me aparecen de la nada, 

como buscando hablar. 

—¡No son ellos!  Es la conciencia, la que te habla hija. Siempre ha pasado y seguirá 

pasando, pero ya es demasiado tarde, para arrepentirse. 

—¡Como podes vivir así! ¡Tan suelto de cuerpo! ¡Yo no podría!  ¡No puedo, parece ser! 

—Con el tiempo, vas a empezar a olvidar. Yo, para dormir bien a la noche, tengo 

que tomar pastillas,  sino tengo insomnio. 

—Yo no sé qué es peor, que se me aparezcan o que no pueda dormir a la noche. Cam-

biando de tema, ¿Vos las vistes a las nenas?

—No, hace rato que no las veo. Hay que ir a buscar las velas a la alacena. 

—Toma. Siempre tengo la pequeña linterna a mano. Este lugar, es propenso a los 

cortes de luz. 

—Voy a ir a la cocina, quédate acá, en algún lugar deben estar las niñas. 

Escucha los pasos pesados del hombre, que con cuidado camina hacia la cocina. Abre

suavemente, la puerta del armario. A través de la luz amarilla de la vela encendida que 

porta el hombre que está vestido, con el uniforme militar. El hombre se da vuelta y le ve 

el rostro.” 

Martita se despierta bruscamente del  sueño y al volver al mundo real, se da cuenta 

que los recuerdos, vuelven en los sueños.  Indudablemente, la casa esconde un se- 

creto. Le corresponde a ella, resolverlo, pues los conocedores de la verdad, están 

todos muertos.  El hombre que hablaba con su madre, era su abuelo materno y había 

hecho la carrera militar en su país, siendo condecorado, por una actuación loable, en 

un conflicto. Pero, Martita sabía que en la mansión había algo más, algo tétrico. Ella

era la única descendiente; sus tías, no habían tenido hijos.

Lentamente, se levantó de la cama, se colocó las sandalias y pensó en salir afuera, al 

jardín a tomar un poco de aire, y a ver como se encontraba el mismo. Todavía había     

luz que dejaba entrever una hamaca ya descolorida en la que, sus ojos no podían creer

lo que veían: una figura espectral de aspecto terrible; una figura fantasmal de lo que 

parecía ser una mujer, que la miraba implacable con sus ojos que emergían como 

carbones, los cabellos largos y ondulantes, apostada como un vigilante al lado de la 

hamaca. De inmediato, la bandada de búhos que había estado anteriormente dando 

vueltas sobre el tejado comenzó a girar con velocidad por encima de la tierra.        

Sin miedo, por lo que estaba sucediendo con paso decidido se encaminó hacia la casa 

y se dirigió derechito, hacia el armario de la infancia donde solía jugar con Nadia. El 

armario no estaba lleno de ropa, sino de utensilios de limpieza y jardinería. Agarró la 

pala, abrió la puerta y se dirigió al jardín, vio otra vez numerosos búhos que sobrevo- 

laban alrededor del techo como presagiando algo sin inmutarse. La pierna hizo el es- 

fuerzo sobre la pala que fácilmente cedía en la tierra humedecida. 

Cada vez que con la pala removía los escombros de tierra surgían restos de huesos por

todas partes. Nunca, había visto tantos huesos humanos, todos juntos en un mismo 

espacio de tierra. Por entre los huesos y la tierra seca, distinguió pedazos de telas 

descoloridas,  y cada vez que agitaba con su pie a la tierra surgía algún hueso des 

conjuntado, de lo que parecía ser el resto del esqueleto. Y todos los huesos, se torna-

ban hacia ella como un dedo acusatorio, que la hacía sentir una culpa ancestral.  Pero 

ella, comprendió con resignación que la casa, no era suya sino de todo ese conjunto de 

huesos, que en algún momento habían sido personas, con una vida propia.